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¡En marcha!
By Javier Redondo Jordán On 31 oct, 2012 At 09:42 PM | Categorized As Nueva Delhi | With 0 Comments

air india avion plane flight

… y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»
Manuel Machado, Castilla (1902)

 

A la vista estaba que uno era, si no el único, de los pocos españoles a bordo del avión que nos llevaba a Nueva Delhi. Los demás pasajeros se repartían entre las nacionalidades italiana, francesa e india. Estos últimos eran casi mayoría, tanto que un rápido vistazo al pasaje habría dado a un profano una idea muy cercana del lugar al que nos dirigíamos.

Destacaba entre todos un anciano atezado, de barbas agrisadas y bigotes ligeramente elevados por los extremos, ojos hondos y cobrizos y mirada sombría, rodeada de púrpura, transida de tiempo. Vestía chaqueta castaña y un turbante de color oscuro, terminado en punta en su parte superior. Recordaba a un viejo general de la época colonial inglesa, tanto que parecía envolverle ese aura color sepia de los daguerrotipos.

De unos asientos más adelante me llegaba el parloteo de un joven indio. Las receptoras de su incansable perorata eran dos chicas francesas de aspecto un poco hippie y desaliñado, como el de casi todas las chicas que viajan a la India. Se les reconoce por las ropas holgadas y los pañuelos que les cubren la cabeza y el cuello. Él, vestido con traje y corbata, les hablaba en inglés del futuro floreciente de la India, que es hoy ya una de las principales potencias económicas mundiales. De aquí a cinco años ―y al decirlo mostraba la palma de la mano con los cinco dedos extendidos― los indios serán, junto con los chinos, los reyes del mundo. Cinco años, insistía, y enseñaba de nuevo la mano abierta.

Más tarde, la voz de chifle del joven yuppie indio de delante volvió a centrar mi atención. El infeliz seguía con la misma cantinela, enarbolando de nuevo sus cinco lobitos. Y puede que hasta tuviera razón, y que en cuestión de pocos años, tal vez no la India, pero sí China, tome las riendas de la economía mundial. La India, sin embargo, en los últimos años ha experimentado un auge considerable, lo que la convierte, como bien decía el yuppie, en un referente económico de no poca importancia. Además, es notable la enorme exportación de programadores indios al resto del mundo, hecho que permite hacerse una idea del apogeo tecnológico imperante, si no en el propio país debido a la falta de infraestructuras, sí en sus estudiantes y trabajadores jóvenes.

Éste que nos había tocado soportar en el avión les contaba a sus oyentes ―y al hacerlo inflaba el pecho y se le erizaba la cresta― que había trabajado en Inglaterra, aunque su último destino había sido Rumanía, donde había hecho cierta fortuna, y regresaba ahora, no sé si por vacaciones o definitivamente, para intentar encontrar un trabajo estable en Calcuta, su ciudad natal. Las chicas francesas, que antes participaban de la conversación con preguntas y comentarios, cosa que halagaba a su interlocutor, habían ido perdiendo el interés gradualmente y ahora sólo contestaban con monosílabos por simple cortesía.

El piloto avisó por megafonía de que faltaban apenas veinticinco minutos para llegar a Nueva Delhi. Su voz metálica me distrajo de estas otras historias y me devolvió a la realidad: estábamos a punto de pisar suelo indio. Hacía años que uno ansiaba la llegada de este momento, y contemplaba la perspectiva del deseo cumplido con cierta serenidad cercana al desdén, como se contempla un cadáver frío. Cuando los sueños se cumplen, algo se marchita en nuestro interior, tal vez porque nos hace conscientes del paso del tiempo. Quien moría en aquel momento era yo, o al menos una parte de mí, y veía la luz, salía de su crisálida renovado, algo que llevaba gestándose largo tiempo y que aún estaba por descubrir.

Asomado a la ventanilla, veía las lucecillas diseminadas aquí y allá en la negrura de la noche. Ahí abajo está la India, me decía. Y no podía evitar un cosquilleo en el estómago.


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