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Benarés, la ciudad de la luz
By Javier Redondo Jordán On 23 Dic, 2012 At 09:16 AM | Categorized As Benarés | With 0 Comments

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Hay quien llama a Benarés «la ciudad de la luz», Kashi; o Kushika, «la resplandeciente»; otros la conocen por Varanasi, nombre en el que confluyen las palabras Varuna y Asi, como confluyen estos dos ríos en las orillas de la ciudad; algunos adoptan un derivado, Banaras; pocos se acuerdan de cuando los ancianos la nombraban Avimukta, «la nunca abandonada»; y han muerto ya quienes podrían recordar que la población dormía a la sombra de densas arboledas cuando su nombre era Anandavana, «el bosque de la dicha». La ciudad de ciudades, la más sagrada entre todas ellas, la ciudad de Shiva, Avimuktaka, Anandakanana, Mahasmasana, Surandhana, Brahma Vardha, Sudarsana, Ramya o Mohammadâbâd, lo cierto es que hay quien dice que esta ciudad eterna, que duerme el sueño de los siglos en el lecho sombrío de la Madre Ganga, es la más antigua de toda la tierra, tan antigua que mil generaciones de hombres la han llamado por otros tantos nombres diferentes.

Si nos atenemos a lo que rezan las escrituras sagradas como el Mahabharata, el Ramayana, el Skanda Purana y el Rig-Veda, la ciudad fue fundada por el dios Shiva hace unos cinco mil años, aunque los yacimientos arqueológicos evidencian una fecha más reciente, en torno al siglo X a.C. Benarés era entonces un centro floreciente de transacción comercial, famoso por su industria de sedas, sus perfumes y su artesanía del marfil. Incluso personajes históricos tan legendarios como Buda Gautama, en el siglo VI a.C, y el gran viajero chino Xuanzang, mil doscientos años después, dejaron tras de sí el rastro de sus pasos, testigos del vuelo de las golondrinas, en una ciudad que ya entonces era de larga data.

Durante el último milenio, las hordas islámicas han asolado los templos hindúes, reutilizando sus ruinas como material para la construcción de mezquitas. Aún hoy el pulso persiste. Desde los saqueos y las tormentas de destrucción de Mahmud de Ghazni en el año de desgracia de 1033, pasando por la sangre vertida sobre las losas de piedra por el temible emperador mogol Aurangzeb, que incluso rebautizó la ciudad como Mohammadâbâd, hasta los atentados terroristas de nuestros días, cien veces se han demolido los templos de Benarés y cien veces se han vuelto a levantar orgullosos y rutilantes sobre los tejados pardos de las casas. Y cien veces más que fueran aniquilados hasta los cimientos, otras cien veces que volverían a apuntar los ápices dorados de sus cúpulas hacia el sol, porque no hay tirano que sobreviva a la piedra milenaria que sirve de base a un templo.


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