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Chandni Chowk, el gran mercado de Delhi
By Javier Redondo Jordán On 8 nov, 2012 At 08:30 PM | Categorized As Nueva Delhi | With 0 Comments

Chandni Chowk Old Delhi
Chandni Chowk

Cuando salí, mi flamante conductor estaba en el vestíbulo del hotel. No esperaba que estuviera aguardando mi salida, puesto ya a mi disposición. A decir verdad, no contaba con que la agencia de viajes fuese a hacer otra cosa que estafarme. Al verme, el hombre se levantó como accionado por un resorte y me saludó con leve movimiento de la cabeza. Ignoraba cuánto tiempo habría permanecido allí sentado. Quizá toda la tarde. La escena rescató episodios coloniales de mi imaginario.

Eso me tranquilizó: los de la agencia de viajes no me habían dejado tirado ni se habían largado con mi dinero, y si lo habían hecho, al menos habían mandado a un chófer para que me pastorease por Nueva Delhi.

El sol incendiaba el horizonte vespertino de Nueva Delhi cuando subí al taxi. El conductor se llamaba Raal. Era un hombre de mirada cansada, de edad cercana a los sesenta años. Su semblante, de piel de puro habano, cobrizo y sin bigote, irradiaba nobleza, que es algo extraño en la India, que no abunda, no al menos en la gente con la que tiene que tratar y lidiar el extranjero.

Faltaba conseguir algo de ropa, de modo que le encargué a Raal que me llevara a una tienda textil. Allí me hice con algo de ropa interior, calcetines y algunos kurtas de colores suaves y pálidos. En el aeropuerto me habían perdido la maleta nada más aterrizar. Me veía, pues, obligado a renovar todo mi vestuario, y qué mejor que hacerlo a la india. El fundamento de las artes marciales consiste en aprovechar el impulso del enemigo para derribarlo, es decir, aprovechar su energía para el propio beneficio. Si mi intención era mezclarme con la gente, de ahora en adelante iría disfrazado de lugareño. Tenía su gracia.

El día terminó con la visita a algunas de las zonas más turísticas de la ciudad, como la avenida de Chandni Chowk, uno de los mercados más antiguos de la ciudad; la mezquita Jama Masjid, principal centro de culto musulmán en Nueva Delhi; y el célebre Fuerte Rojo, donde asistí a un espectáculo de luces y sombras chinescas que se proyectaban sobre los palacetes, mientras una voz de ultratumba narraba algunos episodios nacionales de la Historia india bajo un cielo festoneado de estrellas.

El bulevar de Chandni Chowk se antojaba un hormiguero al caer la tarde. La gente atestaba los laberintos de callejuelas, moviéndose de un lado a otro, del tenderete de ropa al de frutas, del puesto de fruta al de especias. Templos, templetes, mezquitas y dhabas repletas de comida especiada y humeante en los que saciar el apetito en plena calle le salen al encuentro a quien se aventura entre sus callejones estrechos e inmundos.

Me perdí por un momento en un complejo entramado de tenduchas de electrodomésticos y equipos de imagen y sonido. La mayor parte parecían aparatos de segunda mano, a todas luces importados de países del primer mundo. En algunas de estas garitas los televisores viejos se amontonaban unos sobre otros cubiertos con una película de polvo de siglos. La escena me recordó a los bazares que magrebíes ambulantes llevan cada año a la ferias de los pueblos, en los que es recomendable no comprar ningún aparato, aunque su bajo coste nuble a veces la razón. Su precio es bajo porque son de juguete, condenados a estropearse, con una esperanza de vida de apenas una semana después de su adquisición.

Antes de volver al hotel, me detuve a comer algo en una de estas dhabas del bulevar cuando la noche ya había cerrado el telón. Se conoce que no debía ser costumbre que los extranjeros entraran allí, porque estuvieron mirándome comer como se mira a un extraterrestre que apareciera de repente en tu tendal de comida y se sentase a tomar una chapati (pan indio) con ghee (mantequilla de leche de vaca o de búfala). La comida me supo demasiado picante, así que tuve que tirar de las reservas de agua que llevaba en el bolso para sofocar los incendios en mi paladar. A la hora de pagar descubrí que nadie hablaba inglés, pero para eso está el lenguaje universal de signos.


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