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Conducir en la India
By Javier Redondo Jordán On 22 Nov, 2012 At 06:57 PM | Categorized As En carretera | With 0 Comments

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Echa el cierre de seguridad de las puertas, me dijo Gurupal nada más arrancar el taxi, nunca se sabe quién puede querer abrirlas, y si no se trata de ninguno de nosotros, lo mejor será que se quede fuera.

Habíamos salido muy temprano, aunque entonces era ya completamente de día. En la India amanece sobre las cinco de la mañana en primavera y anochece a eso de las seis de la tarde. Como tantos otros aspectos absurdos del país, este horario tan incómodo es inamovible. Ni siquiera se realiza el cambio de hora en los equinoccios, una inconveniencia que le obliga a uno a madrugar si pretende aprovechar las horas de sol. Así, la India, de noche, se transforma en un país fantasma envuelto en tinieblas, sin apenas iluminación artificial.

Nos detuvimos a desayunar al borde de la carretera, en una barraca que hacía las veces de restaurante al aire libre. Gurupal se empeñó en que probara el típico desayuno indio: café, té, tortas naan con salsa de tomate y una mezcla de pepinillos y guindillas, todo muy picante. Y yo, que no soporto demasiado bien la comida tan especiada, tras probar un poco, acabé tomando sólo el café y las tortas a palo seco.

Con el transcurso de los kilómetros parecía que iba adquiriendo cierta confianza con Gurupal. Era un hombre divertido, pero de un humor muy variable. Creía verle cierta maldad, aunque él tratara de ocultarla. Tampoco era cuestión de pensar siempre mal de todo el mundo, pero esta desconfianza enfermiza mía tal vez respondiera a algún tipo de mecanismo de defensa ante un país que se antojaba hostil. La actitud de mi conductor a veces tampoco ayudaba a cambiar mis prejuicios: hacía cosas incomprensibles súbitamente, como detener el vehículo sin mediar explicación ninguna, apearse y desaparecer durante un rato. A veces tardaba en regresar. Supongo que, ante el desconocimiento que tenía yo del medio, él debía sentirse superior teniéndome a su merced, allí metido en la parte trasera de su taxi como un pollito en una caja de cartón.

Aunque ya digo que eran pensamientos influidos por mi suspicacia obsesiva. Quizás el hombre lo hiciera sin darse cuenta, que para él nada de aquello se saliera de lo ordinario. Yo tampoco me atrevía a preguntarle el motivo de sus ausencias, no fuese a molestarse. Prefería tener un viaje tranquilo y en paz, manteniendo si era preciso las distancias con el conductor.

Con todo, Gurupal era un hombre extrovertido y bromista. Le gustaba contar chistes, muy malos todos, por cierto. Tenía uno, además, la sensación de haberse topado con un conductor peculiar, muy alejado de Raal y la exquisitez de sus modales. Gurupal podía pasar de estar contando un chascarrillo en medio de un atasco monumental de coches, carretas, rickshaws, vacas y peatones, riéndose de buena gana, a bajar el cristal de la ventanilla, sacar medio cuerpo y liarse a gritar a todo quisque, vociferando fuera de sí como un energúmeno, para acto seguido sentarse de nuevo, subir el cristal y seguir con el chiste.

A eso en algunos sitios lo llaman trastorno de bipolaridad. ¿Había contratado a un desequilibrado?

Aquello, ciertamente, no podía ser normal, porque carreteros, taxistas y rickshawallas lo miraban extrañados al cruzarse con él, como quien ve a un loco peligroso. Jamás vi a ningún otro indio gritar al volante. Muy al contrario, el indio es muy respetuoso con el resto de conductores. Otra cosa es que cometa las temeridades más demenciales de las que uno haya sido testigo, pero, como todos hacen lo mismo, de poco sirve gritarse los unos a los otros.

Gurupal hablaba por los codos, y procuraba darme algunos consejos para que no me timaran, conocedor de las buenas costumbres de sus compatriotas para con los extranjeros. Me distraía darle conversación. Le daba pie para que me hablara de cualquier tema que surgiera, así aprovechaba para preguntarle por algunos asuntos que me chocaban acerca de aquel país tan extraño.


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