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Conversación con el gran gurú del Dasaswamedh Ghat (I)
By Javier Redondo Jordán On 26 Dic, 2012 At 04:18 PM | Categorized As Momentos estelares | With 0 Comments

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Mientras contemplaba el bullicio del Daswamedh Ghat desde uno de sus escalones, se me acercó, de buenas a primeras, un hombre alto, vestido con un largo kurta níveo, de largas barbas grisáceas y melena blanca peinada hacia atrás. Destilaba cierto aire de santidad y suficiencia. Tenía que tratarse de un gurú, a la vista de su aspecto. Se me plantó delante y me preguntó, como cualquier indio, mi nombre y el país del que procedía.

―¿Puedo sentarme contigo? ―inquirió con educación.

―Claro.

Me moví hacia un lado para cederle el sitio en el escalón. Cuando se sentó a mi lado descubrí que era muy alto. Incluso sentado, tenía que alzar la cabeza para mirarlo.

―¿Es la primera vez que vienes a la India?

―Sí, es la primera ―contesté. No veía motivo para mentir.

Se hizo el silencio. Buscaba uno algún tema sobre el que charlar con él, pero ¿qué podía preguntarle? Preferí dejar que el gurú siguiera con su interrogatorio.

―¿Por qué te has sentado aquí?

Su sonrisa apacible me desarmaba. Poseía esa expresión que se le pone a quienes están en plena comunión con Dios. Cuando alguien empieza a alargar la entonación del final de las frases, a hablar con suavidad y a gesticular a cámara lenta, como si estuviera narcotizado, es que ha logrado rasgar el velo de maya, la ilusión que nos oculta el mundo de las ideas, y oír la música de las esferas.

Ciertamente, me intrigó la intención con la que me sondeaba. Pensé la respuesta, sin duda el gurú no deseaba una contestación ramplona para salir del paso. Entonces le transmití mis verdaderos pensamientos:

―Bueno, todo esto me parece un atractivo circo de caricaturas y me apetecía contemplarlo con mayor detenimiento.

Él se sonrió, acaso satisfecho de mi respuesta.

―¿No sabes quién soy?

Pegué un respingo en el asiento. Ésa pregunta sí que me habían dejado perplejo. Lo miré fijamente, tratando de descubrir a alguien conocido tras aquella poblada barba gris, pero aquél seguía siendo el mismo individuo sonriente con el que había trabado conversación hacía escasos minutos. ¿Debía reconocerlo? Temía, por otra parte, que mi ignorancia le ofendiera. ¿De quién se trataba?

El gurú observaba mi incertidumbre con rostro plácido, y, en vista de que no resolvía el enigma, puso fin a mis cuitas:

―Soy el gran gurú de este ghat ―dijo con sencillez, y al hacerlo barrió con la mano extendida el aire en derredor―. Yo soy el dueño de todo esto.

Me quedé pasmado.

¡Increíble! ¡El gran gurú del Dasaswamedh Ghat, el ghat más importante de Benarés! ¡Allí, hablando conmigo! Intenté ocultar mi asombro.

―Mi nombre es Babumara ―creo que dijo, o algo así. Presa del estupor el oído se resiente.

Yo, por mi parte, hice lo propio, me presenté y nos estrechamos las manos en un gesto cordial.

―¿Sabes? Estoy cansado ―continuó―. Todos los días tengo que explicarles a los fieles, sin éxito, que Brahma, Visnú y Shiva, que conforman la Trimurti hindú, son en realidad el mismo dios. No hay manera de hacérselo entrar en la cabeza. No comprenden nada.

Babumara dejó escapar un largo suspiro, mientras su mirada moría en las planicies desiertas de la otra orilla del Ganges.

―Claro ―le espeté, divertido―, son tres manifestaciones distintas del mismo dios, del Todo, del Uno, por ello son Uno y Trino.

Se me quedó mirando como si tuviera ante sí a un iluminado. Yo no pude por menos de reírme de buena gana.

―Sí, es eso justamente. ¿Cómo puedes saberlo? Yo mismo necesité mucho tiempo hasta que pude entenderlo.

―Bueno, en el cristianismo Dios también es Uno ―dije―, y a la vez se revela en tres figuras diferentes. En eso coincide con el hinduismo.

―Ah, interesante. Deberías venir un día de éstos a la hora del sermón para ayudar a los feligreses que vienen buscando mi sabiduría a vislumbrar las altas verdades. Pero es que son casi todos analfabetos, gente de casta muy baja, campesinos que se han visto obligados a emigrar a la ciudad porque el campo es ya insostenible.


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