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Conversación con el gran gurú del Dasaswamedh Ghat (II)
By Javier Redondo Jordán On 26 Dic, 2012 At 04:19 PM | Categorized As Momentos estelares | With 0 Comments

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Babumara me habló entonces de su trabajo como gurú y sus responsabilidades como líder espiritual del ghat más significativo de Benarés, y de la Ganga Aarti nocturna, una ceremonia muy vistosa, me explicó, que cada noche llevaban a cabo sus cinco hijos en las escaleras del ghat para el disfrute de los turistas que contrataban paseos en barca al anochecer.

Tragué saliva, esa tarde también tenía concertado yo, como un vulgar turista, un crucero por el Ganges.

―Si vienes mañana sobre las diez, podrás ver la comida de los martes para los niños pobres de Benarés.

Y según lo decía, hizo que alguien cercano, atento a lo que pudiera antojársele al gurú, le tendiera un álbum fotográfico. Lo repasó lentamente para que pudiera observar las instantáneas de infinidad de niños acuclillados en el suelo, comiendo con las manos arroz en pequeñas escudillas.

―¿Y toda esta comida la paga usted? ¿Y lo hace cada martes?

―Sí, todos los martes. Todo sale de mi bolsillo, aunque las ofrendas de los fieles sufragan ese gasto. De hecho, mucha gente aumenta sus donativos a sabiendas de que parte de éstos irán a parar a los cuencos de los niños.

Babumara siguió revisando el álbum, hasta que se detuvo en una página y señaló con el índice una fotografía:

―Mira, ésta es la pasada celebración del Año Nuevo en el ghat. Todos estos hombres ―decía, mientras deslizaba el dedo por rostros desconocidos para mí― son personalidades de la cultura y de la política india que vinieron a visitarnos. Éste es el Primer Ministro de la India.

El hombre que me señalaba era un hombre anciano, con gafas, barba cana y rasgos afables. Portaba un turbante azul celeste y posaba junto a Babumara en varias fotos. Era el único que me sonaba de haberlo visto en las reuniones de los grandes líderes mundiales. Los demás políticos e intelectuales también aparecían en todas las fotografías estrechando la mano del hombre sentado a mi lado, lo que me proporcionaba una idea de la importancia del gurú. Debía de ser toda una figura nacional.

A medida que el sol iba ocultándose tras los templos y los palacios en ruinas a nuestras espaldas, la temperatura descendía gradualmente y al ghat comenzaban a afluir fieles y peregrinos, que tomaban asiento en el graderío y entonaban bhajans (cánticos). Extranjeros y curiosos ocupaban también sus puestos. Para entonces, el río ofrecía hermosos destellos plateados a los ojos. Los pujaris (sacerdotes) efectuaban sus ceremonias en los templetes y bajo los parasoles se cobijaban brahmanes que cobraban por realizar liturgias mecánicas y desganadas durante las que incluso bostezaban, ajenos a la devoción de quienes se las solicitaban. Por doquier las guirnaldas de flores anaranjadas cuajaban el suelo de piedra y las aguas del Ganges, mientras las velas de las lamparillas que los feligreses depositaban en la superficie del río iban deslizándose por las aguas sagradas, flotando sobre la corriente como luciérnagas al atardecer.


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