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Conversación con el gran gurú del Dasaswamedh Ghat (y III)
By Javier Redondo Jordán On 26 Dic, 2012 At 04:54 PM | Categorized As Momentos estelares | With 0 Comments

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―Mira toda esta gente ―dijo de pronto Babumara, sustrayéndome de mi ensimismamiento―. Todos vienen a ver la Ganga Aarti, la ceremonia vespertina al Ganges. Hace tiempo que es una tradición aquí en nuestro ghat, pero ha terminado por convertirse en una referencia ineludible de Benarés. Y, sobre todo, en un espectáculo para los turistas.

―¿Y no le gusta que eso ocurra?

―Bueno, gracias a ellos comemos todos ―Hizo una pausa―. Míralos, ya empiezan a llegar las barcas cargadas. Se les reconoce por el resplandor de los flashes de sus cámaras fotográficas.

Era cierto. La atmósfera del último sol se tornaba grisura, y del río llegaban destellos blancos como relámpagos en mitad de una tormenta.

Entonces recordé que yo también tenía concertado un paseo en barca, como esos estúpidos turistas que ya se adivinaban en lontananza. Vi que el reloj ya marcaba la hora a la que había quedado con el recepcionista del hotel para hacer mi propio crucero por el Ganges. Con gran pesar por mi parte, tuve que despedirme del gurú.

―Lo siento, Babumara, pero he de irme.

―¿Por qué tienes prisa? ―inquirió, escrutándome con su mirada transparente―. ¿Qué es lo que te persigue?

Me quedé un momento cavilando el sentido críptico de sus preguntas.

―No me persigue nada ni nadie, Babumara. Sólo es un compromiso.

―En cambio yo creo te persigue el tiempo. Intentas correr más que él, pero a todos nos acaba alcanzando tarde o temprano.

Nos miramos sin decir nada más. Me daba cuenta de que aquel hombre trataba de escarbar en simas profundas.

―¿Por qué viajas? ―apostilló.

En ese momento se agolpaban y se entremezclaban en mi cabeza la urgencia de salir corriendo para no llegar tarde a la cita con el barquero, por un lado, y, por otro, las preguntas del gurú, que acertaban en el blanco como dardos envenados.

―No sé, es una necesidad. Supongo que viajo para encontrar la respuesta.

―¿Qué respuesta? ¿Tienes, acaso, una pregunta?

Trataba de pensar todo lo rápido que podía, pero sus preguntas se agolpaban en mi mente, incapaz de procesar tantos impactos.

―¿De qué tienes miedo, amigo mío, de morir? ―remató.

Entonces el pensamiento se me quedó en blanco. Aquel hombre había activado el resorte clave. Neutralizadas mis defensas, mi interior quedaba desnudo ante su poderoso influjo.

―Supongo que todos tenernos miedo de morir ―logré balbucir.
Babumara sonrió beatíficamente.

―El temor a la muerte es un temor inútil, amigo mío. Cada noche, al caer dormidos, morimos. ¿Qué pasaría si no volvieras a despertar esta noche? Que habrás muerto, así de simple. Pocas veces se es consciente de la propia muerte. Entonces, ¿por qué preocuparse, si, aparte de todo, es inevitable?

―Además ―continuó―, morir es abandonar la individualidad para pasar a formar parte de Brahma, de la totalidad de la creación, y no tengo ninguna duda de que una experiencia así ha de ser por fuerza gozosa.

Entonces me tocó la espalda y me susurró al oído:

―Eres un buen chico, y muy sabio. Utiliza tu inteligencia para ser feliz.

Mientras hablaba, me frotaba la espalda con suavidad, un masaje cálido, de movimientos circulares, a medio camino entre una imposición de manos curativa, un ritual de buen agüero y un simple gesto paternal, de aprecio espontáneo.

Lo cierto es que aquello me hizo sentir bien.

―Puedes irte.

Me levanté, tambaleante, como sonado, y le di las gracias juntando las palmas de las manos. Él no dejaba de sonreír. Resultaba un hombre entrañable.

―Espero volver a verte ―añadió cuando ya me daba la vuelta.
Al subir los peldaños del ghat, de vuelta al hotel, sentía el corazón ligero como una pluma, el pecho henchido de las palomas. Recuerdo que incluso batí los brazos tímidamente, por ver si en verdad podía echar a volar hacia las nubes escarlatas, bañadas por la sangre rutilante del sol, que buscaba el abrigo de las tablas para morir.


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