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Conversaciones en el mausoleo de Kamaruddin Shah
By Javier Redondo Jordán On 15 dic, 2012 At 12:07 AM | Categorized As Jhunjhunu, Rajastán | With 0 Comments

kamaruddin shah dargah jhunjhunu

En plena huida, llegué a las afueras del pueblo. Me hallaba cerca de la colina que había divisado antes, en cuya cima se distinguía un antiguo fuerte de murallas rojizas. Entonces surgió ante mí una rampa que se elevaba hacia un pequeño palacio blanco. Ascendí por la pendiente y, en su cúspide, encontré a una mujer de gestos tímidos, vestida a la manera rajastaní, con un sari celeste y un velo encarnado.

Le acompañaba un anciano con turbante, que resultó ser el cuidador del palacete. Trabé algo de conversación con él y enseguida me interesé por los detalles de su tarea. Según me dijo, se trataba del mausoleo (dargah) de Kamaruddin Shah, un santo sufí, y por ello también hacía las veces de mezquita. Se ofreció a guiarme por sus patios y soportales, sus estancias abovedadas y blancas, descuidadas y decadentes, nostálgicas de glorias perdidas.

Me explicó que allí mismo, en una habitación protegida por un simple cortinaje, reposaban los restos del señor del palacio. Descorrió la cortina para mí y, efectivamente, allí estaba el féretro, un cajón dorado de pequeñas dimensiones, como el ataúd de un bebé, que guardaba las cenizas del santo cuya memoria había inspirado la constraucción de aquel palacio de muros encalados. En el patio central, el anciano me franqueó una portezuela y trepé por una angosta escalera de caracol hasta las torres de vigía, aunque bien podría tratarse del lugar desde el cual se apostaba el muecín para llamar a la oración.

La brisa inflamaba el pecho y entonaba el ánimo. Hermosa vista desde aquella altura. A mis pies, el pueblo de hacía un rato se extendía más lejos de lo que uno en principio había estimado. Parecía increíble que hubiera logrado escapar del laberinto de sus callejuelas.

kamaruddin shah dargah jhunjhunu

Al descender por las escalinata, el anciano me comentó que le haría un gran honor si aceptase tomar un té en su compañía y la de su esposa, la mujer del sari celeste de antes. Acepté, claro.

Las historias de la juventud perdida y la curiosidad de la pareja alimentaron la conversación. No poca admiración suscitaron en ellos mi vida y las costumbres de mi país, que tal vez se les antojara tan lejano como los ecos del pasado que jamás regresaría.

Desde las atalayas blancas del mausoleo de Kamaruddin Shah se divisaba nítido el fuerte sobre la colina. Es el fuerte Jorawargarh, me contó el anciano ―sus ojos de vidrio desenfocados en el horizonte de la memoria―, construido por Thakur Jorawar Singh, hijo del gran conquistador Thakur Shardul Singh Shekhawat, del clan de los nobles guerreros de Shekhawati. Al pie de la colina, las casas de la aldea se encaramaban sobre la ladera desde la base, como una gangrena que consumiera el monte. En la falda opuesta, un abismo insalvable amenazaba desde las alturas. Anciano, le dije, no veo ningún camino que conduzca al fuerte Jorawargarh. Es que no lo hay, fue su respuesta. Pregunta en el pueblo. Y se rió.

fuerte jorawargarh fort jhunjhunu

Después de despedirme, me interné de nuevo entre la cochambre de las casas.

Un puesto de frutas y verduras pasadas atrajo mi atención. Más que puesto era un trapo tendido en el suelo con fruta encima. Había plátanos, sandías y melones troceados cubiertos de moscas. La vieja que se ocupaba del género agitaba un abanico para espantar las moscas, pero se conoce que éstas habían ganado la batalla por número y resistencia, porque la mujer movía el abanico más de cara a la galería que para espantarlas, con un movimiento mecánico, lánguido e inútil cuyo fin acaso habría olvidado en el vaivén del tiempo.

Lo mismo ocurría en todos los tenderetes de comida. Un enjambre de moscas plagaba la carne cruda y el pescado abierto en canal expuestos en plena calle, a ras de suelo, entre las vacas, los perros, las ratas y la inmundicia. La mercancía a la venta no tenía buen aspecto, y el olor que desprendía no mejoraba la primera impresión. Cualquiera que se comiera aquello y sobreviviera, quedaría totalmente inmunizado contra cualquier cosa, incluso contra la misma muerte.


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