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Cosas que hacer en Benarés
By Javier Redondo Jordán On 23 Dic, 2012 At 09:10 AM | Categorized As Benarés | With 0 Comments

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Según me contó el recepcionista del hotelucho al que me había llevado el conductor de rickshaws (taxis rudimentarios de tracción humana), los lunes eran los días más sagrados en la ciudad. Me temo que quería venderme ―y lo consiguió― un paseo en barca al atardecer por el Ganges que él mismo organizaba, pues decía que con motivo de tal festividad se llevaba a cabo un espectáculo especial para verlo desde el río en el Dasaswamedh Ghat, el ghat principal de Benarés, mientras en los escalones que bajan hasta el río, introduciéndose en sus aguas, los creyentes realizan abluciones y dedican sus rituales religiosos a las últimas luces del ocaso.

Si bien al recepcionista sólo le interesaba endosarme un crucerito por el Ganges, lo cierto es que los lunes se celebraba, no sólo en Benarés, sino en toda la India, el día consagrado a Shiva. Más si cabe en «la ciudad de Shiva». En lo de que sólo aquel día de la semana tenía lugar el espectáculo del Dasaswamedh Ghat, sin embargo, mentía.

Eso no lo sabía entonces, pobre recién llegado a la ciudad santa entre las santas. Pero poco importaba. El paseo en barca por el Ganges es de esas cosas que hay que hacer en Benarés, como montar en góndola en Venecia, sentarse y ver pasar a la gente en un café de París, tirar una moneda a las aguas de la Fontana di Trevi en Roma, recorrer en falúa el Nilo o contemplar el mundo a los pies del Partenón, desde las atalayas de la civilización en la Acrópolis de Atenas.

Contraté dos cruceros: uno para el atardecer de ese mismo día y otro para el alba del siguiente. Luego salí a dar una vuelta por las inmediaciones.

Narran las viejas crónicas que Kashi, «la ciudad de la luz», es la más antigua de cuantas ciudades alberga el mundo, y que ésta gira en torno a la muerte y a la Madre Ganga, el río femenino y eterno que acoge a los que largan amarras en el último viaje. La idea preconcebida que se tiene de Benarés es la de un lugar infestado del hedor de los cadáveres, donde se quema a los muertos y se tiran sus restos al Ganges, por lo que puede encontrarse uno, a poco que afine la vista, con tropezones de cuerpos en descomposición que sobresalen en su superficie, flotando con la corriente. Como todas las ideas estereotipadas, no es del todo cierta, aunque tampoco se alejaba demasiado de la realidad.

Enseguida descubrí que la orilla del río sagrado no quedaba lejos del hotel. Fue doblar un par de recodos por callejuelas estrechas, encharcadas y malolientes, y darme de bruces con el Ganges.
En Benarés, al igual que en otras ciudades santas hinduistas, toda la orilla que baña el río a su paso se dispone en ghats, escalinatas de piedra que se hunden en el agua adonde los fieles se acercan a orar y a quemar a sus muertos, amén de otras actividades más mundanas.

La contemplación del Ganges, el gran río del hinduismo, me sobrecogió. Parecía bullir de actividad en sus márgenes escalonadas. La corriente refulgía como oro bañado por el sol cenital. Su curso se extendía a lo largo de la orilla cóncava hasta donde la vista alcanzaba, difuminándose en la calima y la bruma humeante, que enturbiaba el contorno de la lejanía.


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