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Cuidado con las aglomeraciones de niños en la India
By Javier Redondo Jordán On 18 dic, 2012 At 02:08 AM | Categorized As Datos útiles, Jhunjhunu | With 0 Comments

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Cuando ya empezaba a desesperarme por no encontrar un camino que condujera al fuerte, pregunté a algunos lugareños. Cada cual me señalaba, riendo entre dientes, una dirección distinta. Unos al norte, otros al sur. Todos coincidían, sin embargo, en que yo parecía indio. Cosa normal, por otra parte, disfrazado como iba de indio con un kurta de color claro. La barba y el moreno de mi cara, avivado por las largas caminatas bajo el sol rajastaní, también colaboraban en la caracterización.

Decidí no volver a preguntarles y buscar el camino por mi cuenta. La orientación era sencilla, porque la colina se divisaba desde cualquier lugar, pero ni aun rodeándola conseguía dar con una senda hacia su cumbre.

Había llegado a unas calles en cuesta, lo cual indicaba que me encontraba ya en la ladera, pero en todo momento las casuchas me bloqueaban el camino. En cualquier caso, andaba sobre la pista.

Algunos niños, mientras tanto, comenzaron a arremolinarse a mi alrededor, siguiendo mis pasos perdidos en el vaivén por entre las callejuelas. Los unos llamaban a los otros, y los otros, por curiosidad, seguían a la comitiva, sin entender demasiado su objeto, y así la marabunta fue engordando como una bola de nieve que rueda montaña abajo, tanto que enseguida la procesión se convirtió en el suceso de la mañana.

La noticia corrió como el viento por la aldea: a nuestro paso salían las gentes a las puertas de las casas a ver a aquel flautista de Hamelin y su séquito de niños perdidos. Con el recuerdo de la desagradable situación en la carretera aquel mismo día, esta nueva aglomeración de pequeños salvajes no me inspiraba demasiada confianza. Más de veinte niños se agolpaban a mi alrededor. Se burlaban de mí, hablaban y gesticulaban entre risotadas y soltaban hellos una y otra vez, la única palabra que conocían en inglés.

Al rodear una esquina, de súbito, una pareja de niños salía de una casa de adobe. Iban de uniforme. Con camisa clara y pantalones de pinza recién planchados él, y ella con blusa y falda tableteada. Completaban el conjunto zapatos de brillo azabache y sendas carteras de material sobre los hombros. Me detuve, impresionado por la aparición. Parecían dos hadas de alas inconsútiles, flotando, sin llegar a tocar el suelo, sobre aquel cenagal de podredumbre. Refulgían de pureza, limpios, recién peinados con agua tibia y colonia infantil. Aquellos dos ángeles se volvieron al tiempo, alarmados por el jaleo imperante, y me escrutaron extrañados desde el centro de la calleja con esa mirada oscura y subyugante de los niños indios. No debieron darme demasiada importancia, porque al instante se volvieron y tomaron la dirección opuesta, perdiéndose allá abajo, engullidos por la falda de la cuesta.

Apenas recuperado de aquel encuentro fugaz, reparé en que volvía a encontrarme rodeado de mowglis sucios y andrajosos, que me observaban enarcando las cejas, sonriéndome con oblicuidad. Tuve que pellizcarme ―o dejar que lo hicieran aquellos pequeños salvajes― para asegurarme de que no me hallaba bajo el influjo de otra visión.

A la vista estaba que disfrutaban con mi desconcierto. La novedad les fascinaba. Muchos alargaban la mano, los muy tunos, señalándose la boca y frotándose la barriga como si tuvieran hambre, por si les caía alguna rupia. Pero a aquellos muchachos, a pesar de vivir entre polvo, basura y excrementos, no se les veía en absoluto desnutridos. Incluso tenían con qué vestirse.

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Me cercioré de que mi cartera seguía en su sitio. Los muy bandidos me palpaban todo el cuerpo, y más de una vez sorprendí a alguno que había descubierto el cofre del tesoro en uno de los bolsillos del pantalón.

Les hice ver que ofrecería una recompensa a quien me llevara a la fortaleza en lo alto de la colina. Uno de ellos entonces me cogió de la mano y me condujo al interior de una casa, abrió una puerta que daba a un patio comunitario y subimos unas escaleras regadas por una riera de orines. La cohorte de niños nos seguía por el intrincado dédalo de casas, patios, callejas y escalinatas, mientras oía mujeres que nos increpaban y se quejaban de nuestra incursión en territorio privado y ajeno.

Al fin llegamos a la cima. Tuve que ponerme la mano como visera sobre los ojos. Frente a mí se elevaba, en toda su majestuosidad de antaño, su silueta recortada sobre el sol radiante de media tarde, el fuerte Jorawargarh.

Tal como había prometido, les di algunas monedas que tenía sueltas en algún bolsillo, a repartir como pudieran, y tuve especial consideración con mi pequeño cicerone.

Rodeé el fuerte, pero estaba cerrado a cal y canto. Empujé los grandes portones. Por más vueltas que le di al perímetro no conseguí mellar su inviolabilidad. Después de tanto esfuerzo.

Y allí seguían los niños, que aún reclamaban más recompensa. Barajé la idea de darles algo más, pero para ello tendría que sacar la cartera delante de ellos. Menudo disparate. De manera que intenté hacerles entender que ya les había pagado suficiente, pero no hubo manera de convencerlos. Saqué un par de pilas que no me servían y se las di a uno de los líderes que más agitaban aquella caterva. Aun así no se iban. Mientras algunos hablaban conmigo en un diálogo de besugos, porque sólo hablaban en hindi, otros me lanzaban piedrecitas a la espalda. A mí me divertía todo aquello, la verdad, aunque no sabía exactamente a qué atenerme.

Entonces aparecieron tres hombres. Eran jóvenes, bien vestidos, con camisas y pantalones vaqueros de campana. Me quedé de piedra. No supe el motivo, pero me asusté. Aquellos tres individuos habían salido de no se sabía dónde, como si todo estuviera previamente preparado. Y allí estaba yo, un pringado en la cima de un monte, en la India profunda, alejado kilómetros y kilómetros de cualquier vestigio de civilización, con los bolsillos repletos de dinero, rodeado de una tropa de infantes y totalmente a merced de tres desconocidos de gesto rudo y esquinado.

Saludé a los tres jóvenes, procurando ocultar como podía el temor que su presencia me infundía. Ellos se me miraron de arriba abajo, supongo que trataban de explicarse qué hacía uno allí con tanto chaval. La India es catalizadora de surrealismos. Y con gesto chulesco, como de perdonavidas, los tres individuos, tal como aparecieron, se esfumaron.

Ya sólo faltaba deshacerse de los pequeños salvajes.

Resolví ofrecer diez rupias a quien me llevara al templo de Rani Sati, otra visita obligada ―la única, más bien― en Jhunjhunu. Ahora lamentaba haber declinado la oferta de Gurupal de llevarme hasta allí.

Sabía que el templo quedaba muy lejos, y quizá la larga distancia disuadiera a los niños de seguirme, pero no fue así.

Aligeré la marcha pendiente abajo, pero el arrapiezo que me había hecho de guía y se había ganado mi confianza, me cortó la retirada en la escalera. Había cerrado una puerta negra de metal que comunicaba el patio comunitario con la casa a través de la cual habíamos accedido a las escaleras que ascendían al fuerte. Nunca te fíes de un indio, recordé que alguien me dijo una vez. Y mucho menos si no sobrepasa el metro de estatura, habría apostillado en aquellos momentos. La situación adquiría poco a poco matices desesperados. Bajo mi corteza impasible, lo estaba pasando mal. Aquello debía terminar cuanto antes.

Una rupia por pasar, pedía mi cicerone, ese traidor. Las mujeres y las muchachas, habitantes de patios, celosías e interiores, ante semejante algarabía de chiquillos, se sonreían a nuestro paso, cómplices de las travesuras de su progenie, y yo hacía lo propio, con expresión de circunstancias, aparentando dominar una situación que hacía rato que me había sobrepasado.

En vista de que no accedían a abrir la puerta, y cansado ya de aquel juego, escapé por el único sitio posible: volver sobre mis pasos hacia la cumbre de la colina.

Cuando me disponía a retroceder hacia el fuerte, se oyó una voz masculina y autoritaria que censuraba el comportamiento de los niños.

Todos ellos miraron en la misma dirección.

Se hizo el silencio.

Y la puerta se abrió sin más.

No dudé en aprovechar la ocasión y me largué. Huí de allí al trote, corriendo por mi vida casi, como debió de correr Orestes con el hálito de las Furias en la nuca.


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