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El anciano pintor de sedas de Mandawa
By Javier Redondo Jordán On 27 mar, 2013 At 02:46 AM | Categorized As Rajastán | With 0 Comments

mandawa haveli india rajastan

Cuando me dirigía hacia otra haveli próxima, apareció un chaval gritando en español entre las dunas desde la otra punta de la plaza. Sus gritos rebotaban nítidos en las fachadas de arena hasta apagarse en nuestros oídos.

Pude comprobar que era apenas un niño cuando llegó hasta mí. Se presentó como Kajal y se ofreció a servirme de guía por Mandawa. Me ganó al instante con esa gracia espontánea de quien está aprendiendo el arte del embaucamiento. Su español era torpe, pero correcto e inteligible. Sólo pedía unas monedas españolas por mostrarme el pueblo y sus havelis, de modo que nos pusimos en camino.

Según me contó, su padre era pintor y poseía un restaurante que solía frecuentar, cuando él era más pequeño, otro artista, amigo de su padre, que hablaba español. Así había aprendido el idioma.

Me llevó por varias casas en cuyos patios interiores aún se conservaban viejos murales y pinturas al fresco. Aquí y allá, Kajal traspasaba los umbrales de las antiguas mansiones con total libertad y sin pedir permiso, incluso se adentraba hasta el fondo de la vivienda, participando de la intimidad de sus habitantes. La situación resultaba un tanto ridícula y surrealista: un rostro pálido, hombre hecho y derecho, guiado por un niño que aún no había alcanzado la adolescencia, al que uno seguía de casa en casa, saliendo de una y entrando en otra, escuchando sus explicaciones, saludando avergonzado a las familias a las que invadían su vida privada. Las víctimas del allanamiento nos observaban como si tal cosa, impasible el ademán, acaso acostumbradas al trasiego de visitantes, acaso beneficiarias de comisión por lo que el niño se ganara conmigo.

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Además, a la entrada de las casas, en el recibidor, había siempre tres objetos que nunca faltaban: libros de postales de Mandawa a la venta, un minúsculo altar con ofrendas de incienso y polvos de colores a alguna deidad doméstica y un cepillo para limosnas y donativos.

El niño me llevó por las calles desiertas hasta la casa de un artista, ya anciano. La vivienda no era más que un cubículo claustrofóbico de apenas diez metros cuadrados iluminado por un ventanuco lateral, con el techo bajo, tanto que uno apenas podía erguirse por completo.

A pesar de mi negativa a comprar nada, me invitó al interior de su taller e insistió en mostrarme algunas piezas de su obra. Este tipo de comerciantes saben que, por compromiso, al final el viajero acabará comprando algo.

Kajal, ahora que me daba cuenta, había desaparecido. Tal vez esperase fuera. No creía que se hubiera marchado, todavía no había cobrado por sus servicios. Sin duda, el anciano le pasaba una comisión al chico por llevar turistas allí.

El viejo artista me preguntó mi nombre, él se presentó como Sham. Me hizo gracia cuando lo dijo, porque sham significa farsante, impostor, en inglés. Casualidades de la filología. El anciano me dijo que parecía un estudiante de medicina, que lo había deducido por los ojos, las gafas y la barba. Bueno, se acercó bastante.

Me hizo sentarme en el suelo sobre una esterilla, mientras desplegaba todo el catálogo de su obra ante mis ojos. Su especialidad era la pintura miniaturista, a la que se dedicaba desde hacía más de veinticinco años. Prueba de ello, decía, eran la infinidad de diminutos cuadros que iban pasando ante mis ojos por la alfombra, pintados en seda de Cachemira, una tela que si es buena, aseguraba el anciano, nunca se arruga. Y acto seguido arrugó uno de los retratos en el puño. Luego abrió la palma de la mano y el tejido volvió a su estado apaisado natural, aunque acusó un poco la prueba. Demostrado quedaba, eso sí.

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Empleo una jornada entera en pintar las sedas más sencillas, afirmaba, es un trabajo muy laborioso. Y a juzgar por la naturaleza monotemática de su obra, en la que abundaban elefantes de todos los tamaños pintados de perfil, elefantes grandes con adornos azules, elefantes pequeños con adornos dorados, elefantes que miraban a la izquierda, elefantes que apuntaban la trompa hacia la derecha, estaba claro en lo que se había especializado.

Luego, cuando ya sólo veía uno elefantes al cerrar los ojos, el anciano saltó a la pintura en papel antiguo, otro arte que también cultivaba. Más pinturas de elefantes, aunque ahora plasmados sobre legajos de ostensible antigüedad, con las esquinas rasgadas, papeles manchados y amarilleados por la exposición a incontables veranos en el desierto. Dándoles la vuelta, me mostró que se traba de viejos documentos burocráticos escritos en vetustos caracteres islámicos, con marcas desvaídas de sellos de caucho en los bordes.

Aquello sí resultaba llamativo. En vista de mi reciente interés, el anciano apostilló que aquellos papeles eran muy valiosos, por antiguos y difíciles de conseguir, y costaban más caros que las pinturas en seda. Entonces soltó una cifra desorbitada que consiguió arrancarme una sonrisa de la boca.

A continuación sacó cojines que él mismo había bordado. Más elefantes. Y vuelta a empezar.

Después de media hora de exhibición, de rifirrafes, regateos y elefantes, tuve que comprarle algo, arrastrado por la rueda imparable del dinero que gira sin parar en la India dondequiera que uno pise. Opté, para que me dejara en paz, por una pequeña pintura en seda de media cuartilla. De un elefante, por supuesto. Haciendo honor a su nombre, Sham trató de convencerme de que casi me lo estaba regalando por haber sido tan agradable con él. Era además, confesó, la festividad del Holi, por lo que me lo dejaba en sólo cien rupias.


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