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El arte del regateo en la India
By Javier Redondo Jordán On 31 ene, 2013 At 11:20 PM | Categorized As Datos útiles, Rajastán | With 1 Comment

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No podía culparles por no entenderme, no podía culparles por no haber sufrido en sus carnes las burlas de un grupo de indios que me había revuelto las entrañas de ira. Para redaños los míos, aquí, en España o en Estambul. Nadie se reía de mí. El orgullo herido sólo se cura apretando los dientes mientras se mira de frente a la muerte, y en ese momento uno se dirigía a lo desconocido con decisión. Cuando uno se siente atrapado en el dilema, sólo cabe arrostrar el viento en la cara en su caída al abismo.

Entonces se escuchó una voz, que se elevaba sobre el silencio del ocaso, seguida de otras voces que me llamaban a lo lejos. Me giré y los vi, cien metros más allá, agitando las manos, pidiéndome que volviera. ¡Treinta!, grité desde mi posición, señalando con tres dedos sobre mi cabeza. ¡Ok, ok! ¡Treinta, treinta!, voceaban casi al unísono el coro de hombres.

Deshice el camino rápidamente y volví a encararme con el conductor. Treinta, ¿eh?, le solté, con el índice levantado. Ni una rupia más. La gente intentaba razonar con él, tratando de convencerle. Finalmente aceptó de mala gana, y la alegría impregnó el lugar como un clamor. Hasta hubo aplausos. Te vas a reír de tu madre, desgraciado, farfullé entre dientes, en perfecto español de Pozoblanco, mientras me subía al rickshaw.

Tal vez lo convencieran los amigotes que se habían reunido en torno a nosotros, tal vez sólo querían ponerme a prueba. Lo cierto es que aun pagándole las treinta rupias acordadas, suponía un sobresueldo equivalente a una jornada entera de trabajo, por lo que no habría podido negarse. Eso lo sabía uno, pero quizá se había expuesto demasiado a la tragedia. Sabido es que no hay cosa más efectiva para seducir a un indio que la promesa del dinero, pero igual que las venas de la frente se me habían engordado en aquel momento, lo mismo podrían habérsele engordado las suyas de haberlo encontrado en situación más boyante.

La verdad es que el hotel estaba donde Krishna pegó las tres voces. No recordaba haber caminado tanta distancia en el camino de ida, o quizá sí. Unos kilómetros más allá, apenas visibles en la oscuridad galopante, aparecieron al borde del camino dos ancianas que pedían que parara el vehículo.

El conductor me preguntó si le daba permiso para subirlas y acepté, más por el bien de aquellas dos pobres mujeres en mitad de la nada que por el bolsillo de aquel infeliz. Nos acomodamos como pudimos tres personas en el espacio de dos. Yo me coloqué sentado sobre la portezuela, con medio cuerpo fuera del rickshaw, para compensar el peso de la nueva carga. Se conoce que por estas latitudes lo de bajar la bandera no es práctica frecuente.

Era noche cerrada cuando llegamos al fin al hotel. Al bajar, saqué las treinta rupias y diez más, sabedor de que, aunque ya le hubiera pagado de sobra y encima se ganara algo más con la carrera de las ancianas, el viaje de vuelta tendría que hacerlo sin pasaje.

Lo cierto es que la victoria en el regateo me había elevado el ánimo. No había sido cuestión de dinero, sino de pundonor. En los países del tercer mundo, como la India, toman al extranjero por un estúpido forrado de rupias y dólares sin cambiar, y creen que en base a su alta condición económica, en comparación con la del país que visita, tienen todo el derecho a engañarlo y timarlo, mientras que el extranjero, por lo mismo, por lástima y porque para él no le suponen gasto alguno treinta céntimos más o menos, transige.

Tal cosa es necesaria en ocasiones, cuando hay que pasar por el aro y someterse en ciertas circunstancias para poder continuar el viaje, situaciones que sin duda vendrían en el futuro, pero al indio hay que ponerlo siempre en su sitio y demostrarle que, si bien sus artes de engañabobos funcionan con los turistas disfrazados de Indiana Jones, no sirven igual con todos los que con buena voluntad viajan a su país, voluntad de la que acostumbran a abusar.

Al apearme, el rickshawalla me ofreció su mano, que estreché con firmeza, mientras me dirigía una mirada fraternal y entrañable. Su sonrisa denotaba reconocimiento. Supongo que en ese instante surgió cierta complicidad entre nosotros. Con aquel apretón de manos me valoraba como un buen adversario, duro de roer. No un simple turista, sino alguien que había estado a la altura. Le devolví la sonrisa. El sentimiento era recíproco.


Displaying 1 Comments
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  1. josete dice:

    vamos, vamos, por 40 céntimos de euro, has pagado la carrera, has rellenado la aventurita del día para el blog y has quedado como el indiana jones de los turistas que no quieren parecerlo,… igual sólo te dió la mano porque pensaba que no ibas a pagarle!! felicidades

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