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El cementerio musulmán de Jhunjhunu
By Javier Redondo Jordán On 20 dic, 2012 At 03:02 AM | Categorized As Jhunjhunu, Rajastán | With 0 Comments

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Nunca llegué a encontrar el templo de Rani Sati. En su lugar me tropecé con un viejo cementerio.

No existen los cementerios en la India, o al menos eso creía entonces. Quienes profesan la fe hinduista incineran a sus muertos en piras y esparcen sus cenizas sobre los ríos sagrados. Toparse con un camposanto allí resultaba cuando menos asombroso.

Picado por la curiosidad, me introduje en el recinto a través de una gran brecha en el muro de mampostería que lo circundaba. Habría apostado a que nadie había pisado aquel lugar en siglos. Hierbajos y ortigas dispersos alfombraban el lecho tumulario. Paseé entre tumbas, soledades y misterios, y pronto reparé en que sus epitafios estaban cincelados en caracteres arabescos.

Se trataba de un antiguo cementerio musulmán.

El islam es la segunda religión oficial del estado rajastaní. Muy asentado en los estados del noroeste del territorio indio, que hacen frontera con Pakistán, el islam surgió al hilo de la invasión musulmana llegada de Oriente Medio, estableciéndose definitivamente con la conquista de Ajmer, en pleno centro de Rajastán, hacia finales del siglo XII. Poco después, con el asentamiento del místico musulmán Khwajah Mu’in-ud-Din Chishti, Ajmer se erigiría como centro de la fe coránica en la India.

Más tarde, cuando el sol declinaba, caminaba yo por otra parte de la aldea, que acaso se tratara de otro pueblo distinto, porque se respiraba otro aire, más musulmán, menos hindú, más limpio, menos mísero.

Un par de hombres tomaban un té en una dhaba a la fresca de las últimas horas de sol. Al pasar por su lado uno de ellos alzó una mano y me hizo señales para que me acercara. Así lo hice. Me ofreció invitarme a un té si le contaba algunas historias de mi vida y mis viajes. Se lo agradecí, pero la tarde caía y el hotel debía de estar lejos, así que rechacé tan apetecible invitación y me despedí con el tradicional saludo indio: namaste, dije, juntando las palmas de las manos a la altura del pecho.

No, nada de namaste, replicó él, eso es para los hindúes. Nosotros somos musulmanes, continuó ―mientras yo me reponía de mi asombro―, de modo que has de decir As-Salāmu `Alaykum.

¡Ah!, repuse, wa alaykum salām, en contestación a su saludo, haciendo gala de mis escasas nociones de árabe.

El hombre sonrió, gratamente sorprendido. Me deseó buen viaje, a lo que yo contesté con un ¡Insha’Allah! Y con esto se acababa ya mi repertorio de la lengua de Mahoma. Él se rió a mandíbula batiente, con carcajadas que resonaban como en el interior de una tinaja.

¡Insha’Allah!, si Dios quiere, repitió él, ¡Insha’Allah!


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