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El contraste entre tecnología y tradición en la India
By Javier Redondo Jordán On 4 feb, 2013 At 12:28 PM | Categorized As Jhunjhunu, Rajastán, Sociedad | With 0 Comments

jhunjhunu jamuna resort
Jardín del Jamuna Resort, el hotel donde nos alojamos en Jhunjhunu

Desperté con el canto de los pájaros al amanecer. El sol penetraba en la habitación con libertad, inundando la estancia de haces de luz, entre los que flotaban minúsculas partículas de polvo. Me entretuve un rato soplando motas de polvo al trasluz, por ver cómo se revolvían en el aire. Y resulta que es esto lo que respiramos, pensaba, o al menos lo que podemos ver, cuando uno cree respirar aire puro.

El hotel era un lugar tranquilo y bien iluminado, silencioso salvo por el piar de pájaros invisibles, con ricos jardines donde poder desayunar al aire libre. Parecía mentira que extramuros reinara un paisaje estepario. Lo cierto es que aquel oasis tenía mucho de inglés colonial, daban hasta ganas de tomar un té entre tanto verdor. Lástima que el café se encuentre entre mis pocos vicios, y sin una taza del oscuro elixir se queda uno en muy poca cosa como para afrontar el día recién nacido.

Mientras desayunaba café de sobre y tostadas, un músico musulmán desplegó sobre el césped ante mí una pequeña alfombra, se sentó con las piernas cruzadas y comenzó a tocar una especie de sitar, aunque más pequeño y con arco, como un violín.

Recordaba a aquel hombre, ataviado con el mismo turbante oscuro y el kurta marrón: lo había descubierto el día anterior cantando, con los ojos entornados, versos del Corán en el interior de un taxi aparcado en la puerta del hotel. Extraño lugar de oración. Supongo que a falta de templo, bueno es un coche. Él no me vio, andaba enfrascado en sus plegarias, con la frente dirigida a La Meca. Y ahora lo tenía delante, arrancando chirridos del instrumento, ceñudo por la concentración, como si tocara la Novena Sinfonía, y con expresión de éxtasis, de mística comunión con la música de las esferas.

Sonó un móvil. Miré el mío, que yacía encima de la mesa, impertérrito, hundido todavía en su letargo. La música del sitar se había detenido. Se escuchó hablar en hindi. Giré la cabeza y vi, estupefacto, cómo el músico místico se incorporaba mientras contestaba a la llamada. Recogió sus bártulos, enrolló la alfombra y sin decir esta boca es mía se marchó por donde había venido.


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