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El espectáculo de las carreteras indias
By Javier Redondo Jordán On 27 Nov, 2012 At 06:28 PM | Categorized As En carretera | With 0 Comments

carretera india rajastan

Había leído que las redes de carreteras componen uno de los mayores y más asombrosos espectáculos de la India por sí mismas, sin necesidad de más aderezos que el propio paso de las gentes, de los casos y de las cosas que las recorren. La mayoría son una ruina, salpicadas de socavones que hay que esquivar para no despeñarse en sus abismos. Raras son las que están cubiertas, aun remotamente, de asfalto, porque gran parte son meras veredas cuajadas de cantos rodados que agitaban el taxi como una coctelera. A lo que hay que añadir la conducción brava propia de los conductores indios. No hay reglas. Y como no existe señalización alguna, el indio se reafirma en su condición y conducción de kamikaze, y así la pescadilla se muerde la cola, encerrada un círculo vicioso y suicida.

A lo largo de varias horas de viaje en dirección al oeste del país pude comprobar cuán cortos se quedan quienes hablan del espectáculo de las carreteras indias. Por comunicar directamente con Nueva Delhi, la autovía hacia Rajastán gozaba de cierta decencia, suficiente para circular con comodidad, aunque los baches fueran inevitables. Por un sentido y otro veíamos pasar grandes camiones de mercancías pintados de negro y amarillo, profusamente decorados con adornos y guirnaldas que brillaban al sol, que hacían sonar una bocina ensordecedora al encontrarse con otro vehículo. A menudo dejábamos atrás camiones cargados con enormes bolsones de grano, colgados incluso, los que no cabían en su interior, mediante correajes de los laterales y la parte trasera del remolque. Se antojaban dirigibles con ruedas. No es extraño ver cómo cualquier vehículo en la India se sobrecarga hasta las últimas consecuencias, sin cuestionarse su resistencia o su estabilidad.

Adelantábamos también carretas tiradas por bueyes, auto-rickshaws, motos con tres hombres sobre su lomo, tartanas, bicicletas de ejes torcidos, autobuses hasta la bola, con pasajeros encaramados incluso sobre la baca, campesinos que caminaban por el margen de la carretera, por un arcén inexistente, y peregrinos harapientos.

De vez en cuando, si no había ocurrido ningún imprevisto durante un buen rato y podía relajarse uno desenfocando la mirada sobre el horizonte, Gurupal, presa del aburrimiento, comenzaba a pegar volantazos a un lado y a otro, gritando como un loco. No siempre estaba del todo claro que estuviera fingiendo. Yo, por mi parte, me reía por no llorar, partícipe de la locura del taxista, y me aferraba a los asideros del techo del coche.

Otras veces, la mayoría, los imprevistos se sucedían de corrido: un perro adormilado sobre el asfalto bajo la solana, una vaca cebú que atravesaba la carretera con parsimonia, un rebaño de cabras, un niño que de repente aparece de la nada en medio del camino. Ir por carretera en la India es fuente constante de desvelos y sobresaltos. Y uno, sin ser el conductor, apenas podía apartar los ojos de la autovía, a la espera incierta del próximo susto.

A pesar del caos en la conducción, lo que salva a la India de copar los primeros puestos en las estadísticas mundiales de siniestralidad vial es la escasez de sus automóviles en proporción al cómputo global de sus habitantes. Es tan bajo que apenas se ven por calles y carreteras fuera del ámbito de las grandes ciudades. Los pocos que existen, o más bien sobreviven, son viejas tartanas, reliquias de más de veinte años, como el Fiat, el Maruti o el mítico Ambassador, cuyo velocímetro se detuvo en el limbo de los siglos y apenas es capaz de rebasar los cien kilómetros por hora.

Tampoco es cierto, no obstante, que no haya accidentes ―sería un milagro tal como conducen―, pero su número es proporcionalmente muchísimo menor que en nuestras latitudes, tanto por la escasa cantidad de automóviles como por su poco caballaje, incapaz de producir grandes siniestros. Para más inri, el penoso trazado de las carreteras apenas permite sobrepasar los cincuenta kilómetros por hora de velocidad media.

Y a esa velocidad el tiempo parece languidecer entre la calima que exuda el hormigón, mientras la carretera gris, sin marcas viales, se extiende infinita y se cierra bajo el horizonte azul, eléctrico, deslumbrante.


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