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El Main Bazaar de Nueva Delhi
By Javier Redondo Jordán On 2 nov, 2012 At 05:32 PM | Categorized As Nueva Delhi | With 0 Comments

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El autor, junto a un rebaño de vacas callejeras

Desde la German Bakery, con un café caliente entre las manos, el aroma de unas tostadas con mantequilla recién hechas y el sol de la mañana entrando de lleno por las cristaleras, la vida se ve de otra manera.

La India se desentumecía al otro lado del cristal. El gentío abarrotaba la avenida principal del Main Bazaar, también llamado Paharganj en hindi, que significa zona montuosa, lugar de colinas. Si algo caracteriza al Main Bazaar es la afluencia de viajeros ―los de verdad, no los turistas― que recibe durante todo el año, debido en gran parte a los servicios a bajo precio que ofrece, desde hostales hasta restaurantes baratos (dhabas), pasando por puestos de todo tipo al aire libre.

Una vaca blanca apareció de pronto frente al cristal. Me miró desde la calle con desinterés, como se mira lo que está fuera de toda comprensión, y orinó justo en la puerta del bar, salpicando toda la pared y la cristalera de orines humeantes. La sonrisa se me quedó congelada en las comisuras.

Eso es lo primero que sorprende al viajero en la India: la presencia chocante e insoslayable de las vacas por las calles.

Todo el mundo sabe que las vacas son sagradas en la India. Encarnan el mito de la madre de la humanidad, y, por ello, la leche que procuran es para los hindúes el símbolo del nutriente primigenio. Tal es el motivo por el que, para un hindú, matar una vaca es como matar a la propia madre. Lo que está fuera de toda lógica es que estas vacas, pertenecientes a la raza cebú, identificables por su gran giba sobresaliente, deambulen a su aire por ciudades y pueblos con total libertad. Las cebúes son una raza extraordinariamente resistente, capaz de soportar las largas sequías que periódicamente asolan gran parte del país, pero que apenas proporcionan leche ni es aprovechable su carne, con el inconveniente añadido de que pueden quitarles el alimento a otros animales que sí son comestibles. Debido a su naturaleza divina, a las vacas se las adorna con borlas y guirnaldas, se reza por ellas cuando enferman y el nacimiento de un becerro es motivo de fiesta para los dueños y sus vecinos. Y es que quien posee una vaca, no sólo posee un animal sagrado, sino que a su vez es dueño de un animal que produce bueyes, utilizados principalmente como animales de carga, y esto, en un país como la India, donde en modo alguno abundan los tractores, hace de las vacas poco menos que un medio de vida.

Cuando se quedó satisfecha, la vaca se marchó rumiando pensamientos con parsimonia, camino de ninguna parte. Allí, en la puerta, quedaron sus fluidos como testigos del paso de la diosa madre. La condición de divinidad permite estas licencias. Lo mejor de todo era que, según me contaría el propietario de la German Bakery, el hecho de que una vaca orinara en la puerta de una casa o de un establecimiento era signo de bendición y auguraba prosperidad.


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