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El templo de Rani Sati, en Jhunjhunu (Rajastán)
By Javier Redondo Jordán On 6 mar, 2013 At 06:25 PM | Categorized As Jhunjhunu, Rajastán, Sociedad | With 0 Comments

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Templo de Rani Sati, en Jhunjhunu (Rajastán)

Cuando volví a encontrarme con Gurupal, mi conductor, le confesé que no había sido capaz de encontrar el templo de Rani Sati, pero que, en su lugar, había visitado el mausoleo de Kamaruddin Shah, el fuerte Jorawargarh y el antiguo cementerio musulmán. También tuve que contarle mis aventuras y desventuras con los niños del pueblo. Mostró cierto asombro ante mis palabras. Me explicó que lo que yo le describía estaba en la otra parte del pueblo, en la zona más marginada, donde jamás iba nadie, y estalló en carcajadas al ver mi estúpida sonrisa de circunstancias.

Jhunjhunu es conocida, aparte de por su condición de capital del distrito del mismo nombre y de estar localizada en el corazón de la región de Shekawati, por su templo de Rani Sati. Después de un día completo recorriendo sus bajos fondos, ni siquiera había pisado su templo más célebre, así que le pedí a Gurupal que se aguantara un poco la risa y me llevara a visitarlo antes de salir hacia nuestro próximo destino.

La práctica del sati está hoy estrictamente prohibida en la India. El sati formaba parte de una costumbre, muy extendida en algunas comunidades hindúes, en la que una mujer recién enviudada se inmolaba por voluntad propia en la pira funeraria de su marido. La mujer, la gran víctima de la India a lo largo de toda su Historia.

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Templo de Rani Sati, en Jhunjhunu (Rajastán)

Aun así, los enclaves donde tuvo lugar algún sati en el pasado son en la actualidad muy populares entre los lugareños y los rajastaníes que habitan en otros estados del territorio indio. Más de cien mil devotos visitan el templo dedicado a Rani Sati en Jhunjhunu cada año, aunque, en contra de lo que muchos piensan, el propósito principal de su construcción fue la prevención de que el sati no volviera a repetirse jamás. Puede comprobarse al penetrar en el recinto, en cuyo frontispicio campea una placa que reza: «Nos oponemos firmemente a la práctica del sati».

Hubo que descalzarse para acceder al interior del templo. En el patio central había figuras de animales casi a tamaño natural bastante realistas, tanto que por un momento creí que tenían animales sueltos zascandileando por ahí. Me dediqué a admirar las pinturas de las paredes interiores del templo, que describían historias de la mitología hindú, tales como la creación del mundo llevada a cabo por el dios Brahma, la conservación del universo de la mano de Visnú y su aniquilación bajo el tridente de Shiva, el dios destructor de la trimurti (la trinidad en el hinduismo), destrucción de la que renacerá un mundo nuevo.

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Templo de Rani Sati, en Jhunjhunu (Rajastán)

En la parte central de la estancia, un grupo de monjes recitaba una salmodia de mantras. Uno de ellos se levantó del lugar que compartía con los demás y se me acercó. Me preguntó las cosas que todos los indios te preguntan para iniciar una conversación: sobre mi país, mi nombre, mi viaje, el motivo que me traía hasta allí y ese tipo de cuestiones que dan para hablar cinco minutos.
Pasado ese tiempo se hizo el silencio entre nosotros. Ambos sonreímos, incomodados por el vacío insalvable que separaba nuestros intereses. Él reaccionó bien, pese a todo, y, señalando los murales, estuvo unos minutos dándome explicaciones sobre las escenas mitológicas que representaban y la historia de la edificación del templo, a las que yo atendía con una atención moderada. Cuando no hubo más que enseñar se despidió con cortesía con el tradicional namaste, inclinó la cabeza y se reunió con los otros monjes.

Lamenté no haberlo tratado con más interés, porque aquel monje resultó ser una de las personas más bienintencionadas que habría de encontrarme en la India. Procuró ser amable y charlar conmigo, e intentó, cuando la conversación languidecía, salvarla mediante sus explicaciones de las pinturas del templo, sin más intención que la de compartir palabras con un viajero. Rebosaba bondad e inocencia, y aunque mi actitud fue correcta en todo momento, la costra de desconfianza que me recubría el corazón no dejó asomar apenas calidez. Y me avergüenzo por ello.


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