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En carretera hacia Jaisalmer (Rajastán, India)
By Javier Redondo Jordán On 16 mar, 2014 At 03:13 AM | Categorized As En carretera, Rajastán | With 0 Comments

En carretera hacia Jaisalmer (Rajastán, India)

A medida que nos adentrábamos en Rajastán el terreno se iba desertizando con mayor rapidez. A cada kilómetro de carretera recorrido los campos se tornaban áridos. Los árboles escaseaban y los matorrales, diseminados sobre la tierra áspera, sobrevivían a duras penas, la mayoría a la sombra de árboles tristes y aislados, bajo la inclemencia del sol, que apaga los pocos recursos del suelo cuarteado por la sequía extrema.

La carretera que nos conducía a Jaisalmer, como otras muchas carreteras indias, era un camino solitario. Una vía de dos sentidos, algo estrecha, tanto que cuando nos cruzábamos con algún otro vehículo ambos coches tenían que escorarse hacia el borde hasta casi salirse del carril. Pero al menos estaba asfaltada y el taxi se deslizaba con suavidad.

Apenas nos encontrábamos con otros vehículos, aunque de vez en cuando dos camiones ―que más que transportar mercancías parecía que llevaran en su interior leones, tigres y carpas de circo, de tan estridentes y recargados como resultaban los adornos que lucían―, se situaban en paralelo en la carretera. Circulaban con un cuajo absoluto, como charlando desde sus respectivas cabinas, y obstaculizaban nuestro camino a lo largo de varios kilómetros, sin echar cuenta de los bocinazos que les propinaba Gurupal. Cuando al fin se apartaban, hacían sonar ese claxon infernal y ensordecedor que podría despertar a los mismísimos muertos si en aquellos parajes tuvieran la costumbre de enterrarlos.

En pocos kilómetros la película que se proyectaba al otro lado del cristal había mudado la piel. Poco quedaba del verdor de los alrededores de Nueva Delhi en aquel paisaje estepario salpicado de matojos y arbustos. Me traía recuerdos de tierras lejanas, y mi imaginación recorrió instantáneamente la distancia que nos separaba de las sabanas de África, y de pronto descubrí el coche rodeado de leones dormitando al sol y manadas de antílopes a la fuga.

En los tiempos muertos, en los que se hacía el silencio en el interior del coche, me dedicaba a escribir estas historias, un poco a vuelapluma, porque se hace un poco cuesta arriba anotarlo todo con detalle. Más aún llevar una disciplina diaria para consignar cada acontecimiento, cada conversación, cada anécdota. Imposible.

A veces pienso que los episodios que uno olvida es como si no los hubiera vivido nunca, de ahí esta obsesión compulsiva por anotarlo todo o, al menos, procurar marcarlo a fuego en la memoria. Tiene uno que discernir continuamente entre los lances del viaje que merecen su mención y condenar al ostracismo otros que tal vez resulten más significativos al leerlos en el futuro. Eso nunca se puede saber. En la literatura, como en el viaje y en la vida ―¿acaso no son lo mismo?―, las elecciones configuran el camino.

Llevaba varios días de retraso y procuraba aprovechar cada hueco libre para poner al día el cuaderno, aunque siempre a remolque. Los largos trayectos en taxi, sin embargo, facilitaban la labor.

De vez en cuando, Gurupal pegaba un grito y me sacaba de mis cavilaciones. Había avistado un ciervo o un zorro salvaje entre los arbustos y lo señalaba como quien hubiera descubierto las fuentes del Nilo. Supongo que el pobre conductor se aburriría. En ocasiones podía pasarse uno horas y horas sumergido en sus cuadernos y pensamientos, que se perdían más allá de la ventanilla, más allá de las estepas y las montañas que se desvanecían bajo el cielo como siluetas azules en la lejanía.

Transcurrido un rato, Gurupal volvía a gritar. No ganaba uno para sustos. Seguías entonces la dirección que apuntaba su dedo y distinguías allí plantado al animal en medio de la inmensidad de los desiertos, como congelado en un museo de cera, estudiando los movimientos de ese monstruo blanco con ruedas que se había detenido, en mitad de la enormidad, a cincuenta metros de distancia.

Cuando le confirmaba a Gurupal que lo había visto, se daba por satisfecho y continuábamos el trayecto. Al hilo del camino habíamos descubierto ciervos, antílopes, zorros, asnos salvajes, chinkaras (gacelas), dromedarios salvajes y las mangostas asesinas de serpientes inmortalizadas por Kipling. Aquello más bien se antojaba un safari, una visita a una reserva, en vez de un mero traslado de una ciudad a otra.

Me sorprendió la presencia de dromedarios salvajes. Ningún hombre los velaba de cerca. Gurupal me corrigió: salvajes no, sueltos. A algunos campesinos muy pobres, sin posibilidad de alimentar a sus animales, su situación les obliga a soltar sus dromedarios para que salgan a pastar por las estepas en libertad. La siguiente pregunta me vino de corrido: ¿y cómo los recuperan luego si no los pastorean? Siempre vuelven solos, dijo Gurupal por toda respuesta, regresan a la casa de su amo por su propia cuenta.

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