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Jhunjhunu, primera parada rajastaní
By Javier Redondo Jordán On 5 dic, 2012 At 10:22 PM | Categorized As Jhunjhunu, Rajastán | With 0 Comments

jhunjhunu jamuna resort
Jardín del Jamuna Resort, el hotel donde nos alojamos en Jhunjhunu

Tras cinco horas de viaje, llegamos a Jhunjhunu, nuestra primera parada rajastaní.

Gurupal me dejó en el hotel que me había reservado la agencia de viajes con antelación. Me preguntó si deseaba ir a ver el templo, pero aquélla era la primera oportunidad que tenía uno de tomarle verdaderamente el pulso a la India, de gastar suela en sus senderos y veredas ajenos a la gran ciudad, de manera que decliné su ofrecimiento. Podría apañármelas solo. Él se sonrió de esa forma tan enigmática como acostumbraba. Concluidas pues sus obligaciones para conmigo, se despidió hasta el día siguiente y desapareció.

Descansé un rato tumbado en la cama. En la habitación había agua caliente. El hotel era bonito, de paredes encaladas, como un patio andaluz, y bastante fresco, a pesar del calor ambiente que anticipaba la cercanía de desiertos en nuestro itinerario.

Sufrí mis primeras diarreas, tributo forzoso para el viajero que surca el subcontinente. Sus síntomas, sin embargo, no fueron graves. Un par de antidiarreicos después ya estaba uno listo para lanzarse a los caminos.

A unos doscientos cincuenta kilómetros al suroeste de Nueva Delhi, Jhunjhunu es un pueblo perdido en los territorios más orientales de Rajastán, en mitad de la nada. Hasta donde abarcaba el horizonte, desde mi posición sólo podía atisbarse una enorme llanura esteparia, con algún árbol reseco aquí y allá, y en su centro, atravesándola perpendicularmente de parte a parte, el camino terroso en el que me hallaba. Ambas direcciones del camino iban a morir en el infinito, se perdían entre la calima. Hacia el este parecían divisarse casas que circundaban una colina en lontananza, recortándose sobre el cielo azul y monocromo. Aquello debe de ser Jhunjhunu, me dije. Estaba muy lejos del lugar donde me alojaba. Me pregunté para qué me habían traído a estos parajes desolados. Tal vez fuese un alto en el trayecto, un viaje en dos etapas hasta el primer destino de Rajastán.

Me dirigí, pues, al este. Al poco surgieron casas desperdigadas al margen del sendero, todas de fabricación humilde, algunas en estado ruinoso, construidas con materiales de mampostería, ladrillos de barro y adobe, sin pintar siquiera. Aquél se antojaba un pueblo fantasma. No se movía una brizna de aire. Ni siquiera se escuchaba el ladrido de perros lejanos. Nadie parecía vivir allí, aunque alguna vez creí descubrir unos ojos oscuros y furtivos de mujer tras las celosías.


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