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La Ganga Aarti en el Dasaswamedh Ghat
By Javier Redondo Jordán On 5 ene, 2013 At 10:00 AM | Categorized As Benarés | With 0 Comments

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Al atardecer regresé al Dasaswamedh Ghat, esta vez del lado del río. Me acompañaba una pareja alojada en mi mismo hotel y el barquero, que lentamente se abría paso entre el embotellamiento de barcas congregadas para presenciar el espectáculo nocturno del que me había hablado el recepcionista aquella mañana.

Había niñas que saltaban de un bote a otro con una agilidad pasmosa a pesar de la inestabilidad de las embarcaciones, ofreciendo sus artículos a los extranjeros. Por cincuenta rupias vendían entre los pasajeros pujas (ofrendas) con forma de lamparita para depositarlas sobre el río. Estas ofrendas consistían en un cuenco hecho con hojas, en cuyo interior se introducía la misma flor anaranjada que las mujeres engarzaban en las guirnaldas y, sobre ésta, un platito con aceite y una mecha prendida.

La oscuridad extendía su manto por el río como una niebla negra y tóxica, lamiendo el casco quebradizo de las barquichuelas con la delicadeza de las amenazas que no se impacientan, porque el tiempo está de su parte. Rodeados de cientos de flores y ofrendas, que titilaban en la negrura como velas frágiles sobre el río abismal, los botes, cargados con turistas que también habían contratado el emblemático crucero por el Ganges, se disponían frente al ghat para que los espectadores contemplaran la puja vespertina, la Ganga Aarti, el espectáculo que ofrecían los hijos del gran gurú del Dasaswamedh Ghat.

ganga aarti vespertina dasaswamedh ghat benaresLos cinco pujaris (celebrantes) eran jóvenes esbeltos, de cuerpos atléticos y bien formados. Representaban una coreografía ritual al ritmo hipnotizador de la música sacra hinduista, dominada por el pálpito acelerado de los tambores. Una suerte de representación con algo de juego malabar en la que se sucedían las ofrendas de alimentos, incienso y fuego a la Madre Ganga. La escena resultaba especialmente atractiva y estimulante a la luz escasa de las antorchas y los faroles de Benarés, proyectada sobre los torsos desnudos y sudorosos de los jóvenes y reflejada en las aguas del río inundado de tinieblas.

Y allí estaba Babumara, en el centro de la escena, observando con ojos severos la actuación de sus hijos, mientras se paseaba con tranquilidad delante del público sentado en los escalones del ghat. Se movía por el escenario y entre la gente con la indiferencia de quien se sabe dueño de cuanto le rodea.

Verme allí, varado en el Ganges entre incontables barcas atiborradas de turistas, como supervivientes del naufragio de un barco en llamas en mitad de la noche, se me antojaba ridículo y bochornoso. No sabía uno a ciencia cierta si el espectáculo de los pujaris iba dedicado al Ganges o a los turistas, pues el ritual se hacía en nuestra dirección, encarando el río, dando la espalda a los fieles sentados en los peldaños del ghat.

Todo el mundo asistía inmóvil al espectáculo, sólo el gran gurú deambulaba con total libertad por donde le venía en gana, mientras sus hijos manejaban con destreza pesadas antorchas prendidas que volteaban sacudiendo el aire nocturno durante la danza. Era fácil localizarlo. Un hombre de blanco zanganeando por los graderíos.

Transcurrido un rato, anter de concluir el ritual, se escabulló con total parsimonia entre el gentío que se agolpaba en los alrededores y desapareció entre bambalinas.

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Cuando las niñas de las ofrendas se quedaban sin género, de un par de brincos entre las barcas alcanzaban la tierra firme del ghat para acopiar más mercancía y regresaban con las manos llenas. Sin que el fantasma de la explotación infantil ensombreciera la mirada, daba gusto verlas, tan pimpantes y simpáticas. Tanto que todo el mundo les compraba las pujas y luego las colocaba con cuidado sobre la superficie negra del agua, dejándolas flotar con las demás velitas río abajo, reflejándose como antorchas en la lejanía, como una procesión pagana en mitad de la noche.

Finalizado el ritual, mientras la lamparita se alejaba con la corriente, los pasajeros se santiguaban. Y esto sucedía con naturalidad. La señal de la cruz se repetía individualmente en cada persona como respuesta inconsciente al recogimiento de la ceremonia íntima. Curioso sincretismo entre religiones.


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