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La India a pie de calle
By Javier Redondo Jordán On 3 nov, 2012 At 09:12 PM | Categorized As Nueva Delhi | With 0 Comments

India calle street main bazaar delhi

De modo que allí permanecieron los orines de la vaca, secándose al sol del mediodía, mientras la vida continuaba su curso unos pasos más allá, en el trozo de calle que podía captarse a través de la cristalera. Mucha gente pasaba de uno y otro sentido y se detenía frente a los innumerables tenderetes de ropa, de frutas y verduras, de especias y comida callejera, de souvenirs y casi cualquier cosa que sea susceptible de venderse.

Eran en su mayoría hombres, de todas las edades, jóvenes y viejos, los que por allí desfilaban, casi todos vestidos de blanco con el clásico kurta, una combinación de camisola larga sin cuello y pantalón de tiro largo anudado a la cintura. Moteaban de color la panorámica los saris de las mujeres, aunque eran escasos, y quienes los portaban eran siempre señoras de edad madura, cosa que me extrañó desde el principio.

El cableado eléctrico parecía una intrincada tela de araña, cuyos hilos negros salían de los postes y cruzaban la vía pública a ras de cielo, conectando en una infinita maraña de cables los distintos edificios. A lo largo de la calle, este patrón se repetía de una acera a otra en aparente desorden, tanto que desde mi lugar de observación el cielo se antojaba tocado con una redecilla que guardara intacto su peinado de nubes. Me preguntaba, pensativo, cómo harían los electricistas para reparar una avería en el tendido eléctrico si tenían que encontrarla en medio de aquel caos desmadejado.

Más que a fachadas de edificios, las paredes a ambos lados de la calle recordaban a las de un barrio de chabolas, con sus contrachapados, sus tejados fabricados de retales de uralita, sus muros destartalados y mugrientos, cubiertos, como capas de cebolla, por infinidad de cartelones, superpuestos los últimos a los anteriores, que anunciaban películas de Bollywood. Si alguien se ocupara de despegarlos de las fachadas ―cosa que no sucederá nunca―, apuesto a que se encontraría con publicidad originaria de la época colonial.

Las casas parecían ir a derrumbarse en cualquier momento, y entre ruinas y escombros familias enteras de destino adverso dormían aquí y allá para resguardarse del sol inclemente. A ras de suelo, la basura se amontonaba al pie de las fachadas y los desperdicios cuajaban la calle. Abundaban los restos de excrementos de animales que, como nuestra vaca, dejaban sus desechos orgánicos allá donde les surgiera la necesidad. Por la calle era fácil ver perros, cebúes, bueyes de tiro y alguna rata asustadiza que corría enseguida a esconderse de la luz del sol.

Aparte de los carros, la mayor parte de los vehículos que se abrían paso a través de la calle eran rickshaws. El rickshaw es originario de Japón, de donde se importó también su nombre del original jinrikisha, que literalmente quiere decir «vehículo tirado por un hombre». Se trata de una especie de carreta pequeña, con capacidad para un par de personas. Según la procedencia de su energía motora, puede dividirse en tres clases: el rickshaw original, conducido por un hombre a pie, que es el más modesto y menos abundante, a punto de desaparecer; el ciclo-rickshaw, en el que la cesta de carga está insertada en una bicicleta con dos ruedas traseras; y el auto-rickshaw, también conocido popularmente como tuk-tuk, que funciona con motor, tal que una motocicleta. Todos estos vehículos, desde el más humilde al más espléndido, disponen de una capota con la que proteger a la clientela tanto del riguroso sol indio como de las lluvias de los monzones.

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