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La vieja vendedora de postales de las havelis de Mandawa
By Javier Redondo Jordán On 19 mar, 2013 At 11:17 PM | Categorized As Rajastán | With 0 Comments

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La siguiente etapa del viaje nos conducía a Bikaner, aunque por el camino realizaríamos una breve parada en Mandawa, un pueblecito famoso por sus havelis, casas señoriales de quienes hicieron fortuna en la zona allá por la época del colonialismo inglés, cuyo mayor atractivo radica en los murales pintados al fresco en sus fachadas.

No sé qué idea preconcebida me había hecho del lugar, pero cuando llegamos me quedé desconcertado. No soplaba una brizna de aire. Aquello más bien parecía un pueblo abandonado, castigado por el fuego solar y anegado por las arenas del desierto, que lamían las fachadas de las casas y las cubrían de sal. La imagen se antojaba como pasada a través de un filtro quemado de color amarillento. Costaba abrir los ojos ante un paisaje de arena cegadora que reflejaba el fulgor deslumbrante del sol. Tanto que se le quedaba a uno marcado en la retina en forma de traviesas chiribitas al cerrar los párpados. El vacío, el silencio y la más absoluta nada dormían en sus calles.

Gurupal estacionó el taxi en lo que parecía haber servido de plaza central del pueblo. Enseguida se nos aproximó un chaval dispuesto a enseñarme las havelis en inglés. Le pregunté cuánto me cobraría. Cincuenta rupias. Hecho.

Me extrañó que Gurupal me acompañara hasta la primera haveli, en lugar de quedarse dormitando en el taxi, tal como acostumbraba. Al llegar, una anciana sentada en un taburete vendía libritos de postales de Mandawa sobre una mesa improvisada en el umbral de la entrada al patio. El chico soltó su perorata memorizada señalando las distintas partes del fresco de la fachada, mientras la vieja no dejaba de mirar a Gurupal y luego a mí de hito en hito.

Cuando el chico concluyó su discurso, sonreí con aquiescencia. Me disponía a salir y encaminarme hasta la siguiente haveli, cuando el chico me comentó que si quería postales podía comprárselas a aquella anciana, que era su abuela.

Me disponía a declinar la invitación, pero me sentí comprometido. Valían setenta y cinco rupias. Saqué cincuenta. No tengo nada más, le mentí a la vieja. Entonces ésta lanzó a Gurupal una mirada de ésas que fulminan y te dejan clavado en el sitio, mientras alargaba la mano para recoger las monedas que yo le tendía.

―¿Qué ha pasado ahí dentro con la anciana? ―le pregunté luego a Gurupal, al salir.

Esbozó una sonrisa, mirando al suelo ocre y arenoso mientras nos alejábamos de allí.

―Nada. Sólo que le has pagado veinticinco rupias menos, y ésa es precisamente la cantidad que yo me llevo de comisión.


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