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Llegada a Benarés
By Javier Redondo Jordán On 23 dic, 2012 At 08:47 AM | Categorized As Benarés, Trenes indios | With 0 Comments

varanasi benares ghats

Benarés la santa, tan solemne y a la vez tan carnavalesca, tan llena de hombres santos y grandes pícaros, mercenarios del espíritu, mercaderes de una religiosidad degradada, hueca, obsesiva y compulsivamente litúrgica.

Ramiro Calle, La otra India (2007)

No sé cómo sucedió, pero en mitad de la madrugada todos los extranjeros que esperaban el tren hacia Benarés se levantaron de pronto y se encaminaron escaleras arriba. Me apeé del sopor que me sobrevolaba, cogí mis bártulos y alcancé a una chica extranjera a la carrera.

Al parecer, según me informó, el convoy hacia Benarés llegaría por el andén opuesto. No sé cómo se habrían enterado los demás, porque allí la megafonía se antojaba desvarío de película de ciencia ficción. No me cuestioné nada más. Seguimos a la caterva de extranjeros en procesión hacia el otro andén. Aquel mal sueño resultaba tener visos de terminar pronto.

Minutos después nuestro tren hacía por fin su entrada triunfal en la estación. Seis horas de retraso. Parecía increíble que hubiera llegado. Sin duda, no estábamos en Occidente. Un tren con un retraso de tal envergadura, caso de producirse, se habría dado por cancelado a esas alturas en cualquier país de nuestras latitudes. Se conoce que en la India la noción del tiempo es otra. Hora era ya de paladear sus efectos.

Los trenes que conectan las distintas ciudades indias recorren durante varias jornadas miles de kilómetros a lo largo de todo su itinerario. Nuestro trayecto de Agra a Benarés no era sino un breve recorrido de un tren que había arrancado un día antes desde el lejano estado de Punjab, en el noroeste del país, y culminaría su viaje en Calcuta dos días después. Si a esto se le añade que los trenes no superan los cincuenta o sesenta kilómetros por hora, y que se ven obligados a detenerse en la estación de cada pueblecito que se asienta a la orillas de las vías cada quince minutos, es perfectamente comprensible que cualquier imprevisto durante su ruta provoque un retraso que se acrecienta por acumulación a medida que el convoy efectúa sus debidas paradas a lo largo del camino.

Subí al tren sin importarme por qué vagón lo hacía. Lo esencial era estar en su interior cuando reemprendiera la marcha.

Me encontraba en un pasillo estrecho, desorientado por la penumbra del vagón y rodeado de literas de tres pisos en las que dormía el pasaje. El tren arrancó de nuevo. Resultaba imposible encontrar en mi billete una referencia inteligible que me ayudara a dar con mi asiento. En medio de aquel desconcierto, la gente que dormía al lado fue despertándose a mi paso. De pronto me vi rodeado de decenas de ojos que brillaban en la oscuridad de los compartimentos y escrutaban mis movimientos con descaro. Conseguí abrirme paso sorteando maletas, bolsas, brazos y piernas que sobresalían de las literas por toda la galería, hasta llegar al final del vagón, donde me di de bruces con un revisor.

Le mostré el billete y me condujo hacia mi litera, dos vagones más allá. Lancé la mochila al catre, y me disponía a subir por la escalerilla cuando reparé que el revisor seguía en su sitio, escrutándome en la oscuridad a menos de un metro de distancia.

Caí en la cuenta. Extraje del bolsillo un billete de cincuenta rupias. Mal hecho. Pero sólo quería deshacerme de él y descansar en aquella litera, dormir para siempre, alejarme por fin de aquella pesadilla, perder el sentido de la realidad.

No volví a saber nada más del revisor.

Todas las guías de viajes avisan de los robos en los trenes indios. En mi compartimento todo el mundo dormía con una mano sobre su equipaje, o lo tenía encadenado al soporte de la litera, o debajo del camastro. Me había tocado el tercer piso, así que me encaramé a la litera, alcancé mi mochila y me la coloqué a modo de almohada bajo la cabeza. Me pesaban tanto los párpados que ni siquiera me fijé si me había quitado los zapatos, ni si había algún tipo de ropa de cama con la que cubrir el mugriento escay de la litera.

Mi último pensamiento antes de perder la consciencia fue de color gris, el mismo color, que casi podía oler, del techo del vagón, descascarillado por el óxido y el abandono, a un palmo de mi nariz.


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