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Los buscavidas de Nueva Delhi
By Javier Redondo Jordán On 4 nov, 2012 At 05:13 PM | Categorized As Datos útiles | With 0 Comments

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Paseé por las inmediaciones del lugar donde me alojaba, en pleno corazón del Main Bazaar, base de operaciones obligada para cualquier incursión en Nueva Delhi. Me movía un poco a la deriva, sin rumbo fijo, perplejo ante aquel extraño nuevo mundo, aún por descubrir.

Las calles eran estrechas, como ideadas para un tráfico de un solo sentido. Aunque, en vista de la escasísima cantidad de coches, la angostura de las calzadas resultaba más que suficiente para el paso en ambos sentidos de carros y rickshaws. En la India, además, no existen las aceras. La calzada termina allí donde se levantan las fachadas de los edificios. Esto, unido a la inexistencia total de semáforos, de agentes de tráfico, de pasos de cebra, de señalizaciones o de cualquier tipo de organización del tráfico, hace que caminar por la calle implique serio riesgo para el profano, puesto que peatones, carretas, rickshaws, motos, coches, vacas, perros ―y a veces incluso algún elefante― circulan con plena soltura, aprovechando cualquier hueco para ganar metros hacia su destino. Herencia de su pasado colonial inglés, en la India se sigue conduciendo por la izquierda, pero es ésa una convención a todas luces meramente teórica, que se diluye en el babel de la realidad, en la que cada cual encuentra su sitio con naturalidad en medio del caos de las calles.

Otra realidad de la India, que más que realidad uno duda si no es una pesadilla, es la proliferación, como en cualquier zona turística de un país necesitado, de buscavidas, timadores, tahúres, pícaros, rinconetes y cortadillos, que le salen a uno al paso por doquier. Son como una plaga que asola las esquinas, y es indescriptible cuán desesperante puede llegar a ser un día en una ciudad en la que todo el mundo pretende timarte, engatusarte con engaños y llevarse tu dinero a toda costa. Yo creo que deben vernos a los extranjeros como neanderthales estúpidos con muchos dólares escondidos en bolsillos secretos de la pernera del pantalón. Son como perros falderos a la espera de que les caiga algún trozo de carne.

Estos hombres se dedican a seguirte por la calle y te hablan sin descanso, intentando captar tu atención, preguntándote por tu nacionalidad, ofreciéndote su ayuda para llevarte adonde no quieres ir, para ejercer de guías espontáneos, para enseñarte un hotel magnífico que sólo ellos conocen o para conducirte hasta una agencia de viajes que es verdaderamente oficial, no pirata como aquéllas a las que te conducirán sus adversarios ―que, junto a él, también mariposean a tu alrededor― en el viejo y noble arte del timo.

Todos hablan, o al menos chapurrean, algo de inglés. Lo preciso para hacerse entender y conseguir lo que pretenden de ti. No dan tregua, son incansables. Es que no puede uno ni detenerse para darle un trago a la botella de agua ―siempre precintada al comprarla, por supuesto―, porque enseguida se te echan encima. Hay que andar a la carrera, procurando darles esquinazo y dejarlos atrás, con los cinco sentidos aguzados y siempre con las manos asegurando los bolsillos.

Lo natural es tomárselo con filosofía al principio y con el rabo espantar las moscas, justificarlo como el carácter propio de un pueblo castigado, compadecerse de su suerte desde la posición de suficiencia occidental, incluso ver como una circunstancia divertida el que los moscones acudan raudos a ti como a un cántaro de miel, pero el exceso termina por cansar y hace perder la paciencia. Y si bien se puede permanecer imperturbable de cara a la galería ―porque de otra manera, si el enemigo capta cierta debilidad en tus ademanes, estás perdido―, por dentro la sombra le corroe a uno las entrañas y empieza, desde el primer día, a odiar un país de sobra conocido por sus claroscuros.

Los había de toda calaña, los que ofrecían un vehículo, un hotel o una agencia de viajes, los que trataban de trabar conversación con uno y los que simplemente te seguían en silencio, riéndose entre bigotes. Estos últimos eran los más inquietantes. Pero es tal la afluencia de estos lugareños que al final el desgaste te fuerza a transigir, ya exhausto, y ellos lo saben bien. La experiencia es un grado, y la suya es ancestral.

Algunos se ganaban un poco más tu confianza, aunque no bajara uno la guardia del todo, y te contaban un poco su historia durante un trecho del camino. Otros te invitaban a un té en su tienda, que siempre quedaba cerca de donde nos hallábamos en ese preciso momento, petición que había que rechazar con toda la amabilidad de la que se era capaz. Uno de ellos, mientras me acompañaba por la calle, me explicó que trabajaba fabricando a mano souvenirs para turistas en la tienda de su primo y le gustaba andar hacia el trabajo después de comer. A otro, más joven, le gustaba hablar con extranjeros para de esta forma ampliar algo más su horizonte de miras.


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