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Los marajás, cómplices de la invasión británica de la India
By Javier Redondo Jordán On 28 may, 2013 At 07:53 PM | Categorized As Rajastán, Sociedad | With 0 Comments

lallgarh palace hotel restaurante bikaner india

Cerca de nuestro hotel se hallaba el palacio de Lallgarh, un imponente palacio, también construido con arenisca roja, como el fuerte Junagarh, que el paso del colonialismo y los viajes turísticos organizados han convertido, por desgracia, en hotel de lujo. Su construcción, ordenada por el maharajá Ganga Singh como honra a la memoria de su padre, el maharajá Lall Singh, terminó en 1902, por lo que este palacio es relativamente moderno. Dada su condición de hotel exclusivo, no pude acceder a su interior, de manera que me contenté con pasear por sus jardines de brillante césped y muros de buganvillas. El palacio, lo miraras por donde lo miraras, parecía hecho de arcilla, una gran maqueta de barro. Ni una gota de pintura adornaba sus fachadas, sus cúpulas o sus torres arqueadas.

Al parecer, fue un inglés, Sir Swinton Jacob, quien diseñó el palacio como una mezcla de estilos, siguiendo patrones Rajput, musulmanes y europeos en lo que podría denominarse como estilo indosarracénico. Ante mí se alzaba un engendro del colonialismo rapaz y el reinado tiránico y licencioso de los maharajás, un híbrido de dos monstruos ávidos por sorber hasta la última gota de la sangre de estas tierras mustias, dos titanes que encontraron en el otro la coartada y el apoyo necesarios para concentrarse exclusivamente en sus intereses respectivos, una simbiosis entre dos cánceres que asolaron la India hasta hace apenas unas décadas.

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Los maharajás legaron a la posteridad sus palacios de fábula bajo la luz de la luna, alimentando la imaginación y el romanticismo del turista occidental, que ve en ellos los restos del naufragio de un reino de ensueño, de lujos, de harenes, de misterio, de velos que caen, de miradas de ojos negros como simas, de noches eternas, de exotismo y opulencia.

Y así fue, en efecto, pero siempre a costa del pueblo, que sufría miserablemente los excesos de sus soberanos. Si funesta fue la plaga británica, peores consecuencias trajo consigo el reinado de los maharajás. Hubo excepciones, como siempre ocurre. Quien generaliza miente, pero ha de decirse que, en puridad, estas excepciones fueron escasas. Educados desde niños en el lujo y en la molicie por sus padres, los «grandes reyes» gozaban de un poder sin límites y eran, cuando mostraban cierta consideración por el prójimo, hedonistas, caprichosos, excéntricos, inmorales y mezquinos; en caso contrario, lo cual solía ser norma, podían llegar a encarnar el peor demonio que hubieran concebido los mitos: malvados, absolutistas, opresores, crueles, sin un ápice de piedad por su pueblo.

Cuando los ingleses pisaron suelo indio, quedaban alrededor de unos seiscientos príncipes a lo largo y ancho de todo el subcontinente. Los maharajás vieron en ese momento temblar los cimientos de su poder. Cuando un enemigo de tal envergadura como el imperio británico invade tus tierras y se las apropia, es impensable rechazarlo mediante la fuerza, y sólo queda una alternativa: comprar tu poder.

Y cuando se tiene tanta riqueza que es posible pagar al invasor de tu reino por conservarlo, uno puede hacerse a la idea de la grandeza de estos semidioses. Por toda la India, los maharajás comenzaron a pagar cánones anuales de millones y millones de rupias por conservar la autonomía de sus reinados bajo la mirada vigilante y voraz de los emisarios de Su Majestad la Reina, que cada año fletaban centenares de barcos cargados de oro, plata, marfil y piedras preciosas con la proa rumbo a Inglaterra.

Con los ingleses riéndoles las gracias merced a la calderilla que para ellos suponía el tributo anual, los maharajás, con total licencia e impunidad, volvieron a las andadas, a sus vicios y abusos por cuenta de sus súbditos, que morían de hambre ahogados en una tierra yerma.

lallgarh palace hotel restaurante bikaner indiaTan alto rayaba el poder de algunos de estos «grandes reyes» que algunos disfrutaban del trato de divinidades y se les veneraba como tales. Legendarias son las cohortes de sirvientes que seguían al maharajá por las innumerables habitaciones de sus palacios y lo colmaban de cuidados, lo higienizaban, lo acicalaban y lo maquillaban. En su excentricidad, algunos maharajás no soportaban tocarse el propio miembro viril al orinar, por lo que se hacían acompañar en todo momento por un sirviente que se encargaba de tan bochornosa labor y recogía la orina del dios en un bacín de oro.

Al fin, la retirada de los ingleses de la India y la subsecuente independencia del país en 1947 acabó con los seculares privilegios de los que habían gozado los maharajás. Entre las primeras medidas que tomó el nuevo gobierno estuvo la de erradicar por completo estos reinados del oprobio, instaurando así el régimen democrático en el que la India vive en nuestros días.


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