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Los peligros de conducir por la India
By Javier Redondo Jordán On 28 Nov, 2012 At 06:52 PM | Categorized As En carretera | With 0 Comments

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Con el rodaje del cuentakilómetros aparecían pequeñas aldeas al margen del camino. Son frecuentes estos puebluchos, que no sobrepasan el puñado de viviendas rudimentarias, enclavados al borde del asfalto a lo largo de las carreteras. A nuestro paso, los campesinos detenían su quehacer, mientras los niños gritaban y perseguían el taxi hasta que se detenían, exhaustos, cada vez más empequeñecidos por la distancia, envueltos en una nube de polvareda amarillenta.

Los chiquillos que nos salían al encuentro eran como mowglis salidos de El libro de la selva. Arrapiezos salvajes que no habían llegado a la adolescencia, morenos, sucios, descalzos, medio desnudos, envueltos en harapos, con el pelo negro apelmazado y desgreñado, blanqueado por la suciedad y el polvo.

Aquel día era domingo, y se conoce que la festividad sagrada de los colores continuaba durante todo el fin de semana, porque al cruzar estas zonas rurales veíamos hombres ―siempre hombres, a las mujeres parecía habérselas tragado la tierra― y niños con el cuerpo y la ropa tiznados de pintura roja y amarilla. Muchos de ellos arrojaban tierra y pintura sobre el coche a nuestro paso. Gurupal esquivaba los proyectiles como podía y aceleraba a través del campo de batalla. Aquello quizá no fuese demasiado sensato. Nuestro coche era blanco y pedía a gritos una mano de pintura rojigualda. Y en su interior, además, un rostro pálido miraba perplejo tras el cristal el frenesí de los ataques. Reconozco que debíamos representar para ellos un reclamo verdaderamente goloso.

Se produjo un episodio verdaderamente desagradable aquel día, por cuanto a uno, por su condición de extranjero, le es imposible calibrar el peligro real de una situación en un país tan dispar como la India. Puede ocurrir algo que te asuste y no haya en realidad nada que temer, o al contrario, puedes reírte con candidez infantil de cualquier suceso que en verdad sí entrañe un peligro verdadero.
Sucedió que a la entrada de una aldea un grupo numeroso de niños ―nada de niñas, insisto―, todos con las caras encarnadas por el Holi, había construido una barricada con troncos, ramas de árboles, piedras y neumáticos viejos en medio de la carretera.

Gurupal se vio obligado a detener el coche, un triunfo que alentó a los muchachos a seguir con la travesura. Se abalanzaron entonces sobre el taxi, tratando de abrir las puertas, pero estaban cerradas a cal y canto, tal como me había aconsejado Gurupal al salir de Nueva Delhi. Empezaron a hacer señas con las manos. El lenguaje de los signos por algo es universal, y el mensaje de nuestros asaltantes era claro: pedían dinero como tributo para poder continuar.

Mi conductor se negaba, y empezó a pegar acelerones, amagando, haciéndoles ver que los atropellaría si no se apartaban. Los chavales no le creían capaz y seguían haciendo de las suyas, aunque yo, lo confieso, no estaba tan seguro de la paciencia y la cordura de Gurupal.

Los niños, liderados y enardecidos por un alevín, al que ya le sombreaba pelusilla sobre el labio superior, golpeaban las ventanillas y se sentaban en el capó. Se burlaban de nosotros, hacían muecas, lamían el cristal incluso.

Aquello resultaba una experiencia divertida, aunque extraña. Diferente, ¿pero acaso no lo es la India? Uno sabía a lo que había ido allí, y por ahora el cupo de tolerancia al surrealismo y la demencia se mantenía casi virgen. Sonreía viéndolos ser niños, al menos al principio.

Pero al cabo todo llegó a un punto muerto. No sucedía nada. Gurupal, cansado de hacer aspavientos detrás del cristal, se cruzó de brazos, fingiendo ignorar la incómoda presencia de la turba infantil, como si el asunto no fuese con él.

El ánimo de aquellos pequeños salvajes, sin embargo, no decaía. Deseaban seguir con la broma, inasequibles al aburrimiento. A todas luces nosotros constituíamos la única diversión insólita de la jornada. Y la cosa no tenía visos de terminar.

Todo empeoró cuando los niños comenzaron a zarandear el coche.

Aquello colmó la paciencia de Gurupal, que abrió la puerta con violencia y se apeó a voz en cuello. A la vista de su gesto de gravedad, fui dándome cuenta de la verdadera amenaza de la situación.
Los muchachos se le encararon, amparados en la colectividad, y algunos hicieron ademán de introducirse en el vehículo a través de la puerta del conductor, pero Gurupal la cerró a tiempo, pillándole a un chico la mano. El chaval dio un alarido y cayó al suelo de culo llorando, lo que alimentó las iras de sus compañeros.

Ya no sabía uno qué podía pasar. Gurupal estaba tenso, aunque intentaba negociar con ellos. Pero era imposible, los niños se veían superiores en número contra un pobre taxista y lo provocaban envalentonados. Tanto que al pobre Gurupal le llovían collejas de todas partes, mientras trataba en vano de razonar con aquel capitán adolescente, de mirada torva y chulesca, que, como la misma palabra bien dice, adolecía de ciencia alguna.

Llamé a Gurupal, que metió la cabeza en el coche, y le pregunté cuánto querían.

Con veinte rupias bastaría, replicó.

No daba crédito. Por veinte míseras rupias estábamos allí detenidos pasando aquel mal rato. Parecía mentira que no se las hubiera dado incluso él, de su bolsillo. Al menos se habría ahorrado las collejas.
Le tendí un billete de cincuenta de inmediato.

Justo en ese momento, de la nada apareció una anciana que venía gritando hacia nosotros desde una de las casas. Más que gritar graznaba, y aquello fue como el ábrete sésamo de la cueva de Alí Babá. En un abrir y cerrar de ojos aquellos cuarenta ladronzuelos apenas habían dejado rastro de la barricada de porquería que un instante antes obstaculizaba el paso en la carretera.

Gurupal, aprovechando el desconcierto, subió de nuevo al taxi, volvió a arrancar y aceleró a fondo, desafiante, triunfal.

Los pequeños salvajes habían huido despavoridos, campo a través en dirección contraria a la anciana, a la que vimos de pasada trotando tras Alí Babá y su banda de pillastres, increpándoles a grito pelado con una zapatilla en la mano.


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