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Niebla
By Javier Redondo Jordán On 1 nov, 2012 At 07:02 PM | Categorized As Nueva Delhi | With 0 Comments

niebla nocturna

Mientras me alejaba de la terminal en dirección a la salida del aeropuerto, escuché griterío. Me extrañó, porque eran algo más de las dos de la madrugada. Al doblar un recodo del pasillo que seguíamos los viajeros hacia el exterior, se abría a un amplia estancia, en la que descubrimos, pasmados, que a cada lado se levantaban barreras metálicas para contener a la muchedumbre, que se agolpaba fuera llamándonos tras el enrejado con carteles en las manos que anunciaban taxis, autorickshaws (pequeño vehículos a motor), pensiones, hostales y hoteles.

Entre los gritos se oían algunos que se antojaban lamentos, mujeres que introducían los brazos entre los barrotes con gesto suplicante, como si pudieran tocar de esta forma a los recién llegados. Elevaban sus manos hacia la salvación, ante la indiferencia de los turistas, que pasaban frente a ellas sin apenas mirarlas, advertidos ya de antemano de que todo esto hay que ignorarlo en un país como la India. Es indescriptible, por sobrecogedor, la sensación que produce ver una marabunta aullar a tu paso, implorando tu atención con semejante angustia.

Al traspasar el umbral, el corazón se me cayó a los pies. Me froté los ojos, tuve que pellizcarme con encono para comprobar que, por desgracia, no estaba soñando, que aquello no era una pesadilla, que mis sentidos no me engañaban. Por un momento dudé si no me encontraba en las mismísimas puertas del infierno.

Una niebla densa y compacta, inextricable, sucia. Una niebla indisoluble que nos envolvía amenazante, velándolo todo en torno a nosotros. Apenas podía ver a dos metros delante de mí. Avancé a tientas, como por instinto, más bien por inercia, y de entre la cortina de humo gris emergió un grupo de hombres, que me preguntaron si quería un taxi. En la situación en la que me encontraba más me valía hacerme con uno.

Minutos antes, en la oficina de cambio de divisas del aeropuerto, me había encontrado con un barcelonés de unos cincuenta años que había viajado en mi mismo vuelo y cuya maleta también había desaparecido. Quizá tendría algo que ver ese infame trasbordo en Milán, que había resultado fatal para los que veníamos de Madrid. En fin: mal de muchos, lloran las penas juntos. Para Abel, que así se llamaba, no era su primer viaje a la India, así que me dio una serie de consejos prácticos de primera mano que agradecí sinceramente. Él se dirigía a Rishikesh, ciudad célebre al norte de Nueva Delhi donde los Beatles gozaron de una estancia de unas pocas semanas practicando meditación trascendental bajo la tutela del célebre gurú ―a partir de entonces― Maharishi Mahesh Yogi . Ellos, los Beatles, sobre todo Lennon y Harrison, que fueron quienes más desencantos se jugaron en la experiencia, escaparon decepcionados, como ocurre con casi todo lo que la India puede ofrecer. Yo mismo tendría tiempo de comprobarlo sobre el terreno.

Abel acababa de advertirme, antes de desaparecer en la niebla, que no pagara más de cuatrocientas rupias a un taxista por la carrera hasta Nueva Delhi, cuyo centro urbano distaba unos veinte kilómetros del aeropuerto. Y allí estaba yo ahora, paralizado frente a la muchedumbre, asediado por aquellos hombres mal encarados que asaltaban a los turistas y les arreglaban un taxi que los trasladara a la ciudad. Mantén la cabeza fría, pensaba, ¿dónde están tus redaños? Me até los machos bien apretados y me dispuse a hablar con el primer indio que se me dirigiera. Súbitamente, uno de ellos se plantó delante de mí.

Taxi para Delhi: las tres palabras mágicas. Quinientas rupias, replicó. Cuatrocientas, le respondí al vuelo, a instancias de lo que Abel me había sugerido. El indio torció el bigote, volvió la cabeza y me ignoró, alejándose unos cuantos pasos, como si uno jamás hubiera existido para él. Miró a derecha e izquierda, por si venían más extranjeros y se marchó charlando con un guarda de seguridad. Supongo que no estaría acostumbrado a que un viajero le regateara nada más caerse de morros del avión.

Y menos a las tantas de la madrugada, sin otra posibilidad de llegar a Nueva Delhi.

Me quedé allí clavado unos segundos, desorientado, sin saber qué hacer, sin predecir cuál sería el próximo movimiento. Cada vez era más consciente de mi verdadera situación.

Estaba solo. En un país extraño. En mitad de la noche. Sin medio de transporte. Rodeado de niebla.

Entonces noté cómo una mano me tocaba el hombro detrás de mí. Se trataba del mismo hombre de antes.

Ok, four hundred rupees, me espetó.

Hecho.

Me sonreí para mis adentros. Acababa de regatear a un indio mis primeras cien rupias, una costumbre que a partir de entonces se convertiría en constante a lo largo del viaje y en el pan de cada día.


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