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Primeras impresiones de Benarés
By Javier Redondo Jordán On 23 dic, 2012 At 08:55 AM | Categorized As Benarés, Trenes indios | With 0 Comments

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Era lunes, día de Shiva, cuando llegamos a Benarés. En los trenes indios no hay forma de saber que uno ha llegado a su destino, salvo que asome la cabeza por la ventanilla del vagón y acierte a leer los minúsculos carteles en cada estación, donde figura el nombre de la misma. Aun así, no se puede estar en un perpetuo sinvivir por si te pasas de estación. Lo mejor es encomendar tu alma a algún pasajero nativo que viaje en tu mismo compartimento, para que te avise cuando falte poco para tu destino.

Eso fue lo que hice al despertar. Me levanté de la litera sobresaltado. Hacía ya dos horas que había amanecido. ¿Habíamos pasado ya Benarés? Le pregunté a un hombre de barba y turbante oscuros. Me tranquilizó con una sonrisa paternal y bonachona. Aún quedaba un rato para llegar.

Miré a mi alrededor. En muchas ocasiones había oído hablar a mis abuelos de los trenes de la guerra, los de la escasez y el hambre. Supongo que la austeridad de aquellos trenes de hace setenta años no diferiría tanto de la de éstos indios de hoy en día. En cada compartimento dormíamos ocho personas, en dos literas de tres pisos en cada pared y en otra de dos pisos en la parte de una de las ventanillas. El camastro era duro y poco acolchado, recubierto de cuero sintético gris. Por lo demás, el vagón exudaba cochambre, como si no le hubieran pasado una fregona al suelo ni una bayeta a las paredes desde la Guerra Civil.

El pasaje iba despertándose y el murmullo de voces se acrecentaba, y con él los sonidos guturales matutinos y flatulencias de mis compañeros de compartimento. Corriendo en dirección contraria a la nuestra, el paisaje de espesas arboledas se deslizaba con suavidad. Desayuné algunas galletas de la estación de Agra, las mismas que Walter había dado de comer a las ratas de las vías la noche anterior. Precisamente, justo después me encontré a Walter junto a la puerta del servicio y me informó de la situación: quedaban cuatro estaciones contadas hasta Benarés. Una vez allí, nada más bajar del tren, comenzaría el infierno, y sálvese quien pueda.

Volví a mi asiento, organicé mi impedimenta y me preparé para lo peor.

Y así fue. Leí Benarés en un viejo cartel desvaído mientras el convoy hacía su entrada en la terminal. El tren se detuvo y la muchedumbre se lanzó al andén como una exhalación, como galgos tras el conejo de tramoya en un canódromo. Parecía que huyeran de una amenaza aterradora. Todo el mundo buscaba la salida, presa de la desesperación. En su camino, las oleadas de pasajeros esquivaban a los vendedores y buscavidas que veían en la nueva remesa de recién llegados su sustento.

Me moví como pude en mitad del griterío y el desconcierto que se había adueñado de la estación. Sentía manos que me tocaban, que me agarraban de los brazos, que reclamaban mi atención y me tiraban de la ropa. Hombres que me bloqueaban el paso y me hablaban a voces de rickshaws, taxis y hoteles. Me eché mano a los bolsillos. Aún seguía todo en su sitio. Sólo un pensamiento me obsesionaba: escapar de allí a toda costa.

Al traspasar el umbral de una puerta arqueada, el tumulto fue diluyéndose por los sumideros de las calles próximas. Me encontraba, según mis averiguaciones, en la estación de Mughal Sarai, en los suburbios de Benarés, a unos diez kilómetros del núcleo urbano. Entonces un chico oriental de ojos rasgados se acercó a mí.

―Perdona, ¿sabes cómo llegar a la ciudad? ―inquirió.

Se trataba de una pregunta tan estúpida que pensé que tendría truco. Eso, o que el muchacho necesitaba un poco de ayuda.

―Lo mejor es coger un tuk-tuk ―y no había acabado uno de decirlo, cuando un rickshawalla se plantó a nuestro lado y nos señaló su auto-rickshaw―. ¿Quieres acompañarme?

El joven aceptó y, tras acordar el precio con el conductor, tomamos el camino hacia Benarés.

―Me llamo Takeshi. Soy japonés.

―No me lo digas: viajas solo, ¿verdad? ―inquirí.

―Sí ―dijo por toda respuesta. No volvió a despegar los labios durante toda la carrera.

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El rickshawalla nos comentó que iba a llevarnos a un hotel muy bueno que conocía. Sólo llegar, ver la habitación y, si no les interesa, pueden marcharse, decía. Sin compromiso. Está visto que los indios no pierden ninguna oportunidad, por si coincide que se sube a su rickshaw un turista indulgente. Y aquel día le había tocado la lotería, porque no tenía uno mucho ánimo para ir revoloteando de hotel en hotel después de la noche infernal que había pasado.

Takeshi, sin embargo, alegó tener una reserva en otro hotel. La típica excusa de manual para disuadir a los rickshawallas de tomarte como mera carne de comisión. Tal vez fuese cierto que tenía ya habitación reservada, aunque sólo podía dudarlo, a la vista de la impenetrabilidad de su mirada. De modo que le pedí al conductor que nos llevara adonde quisiera y después condujera a Takeshi a su hotel.

El alojamiento donde me dejó el rickshawalla no estaba mal, sin ser nada del otro mundo, y cobraban una miseria por noche. Incluso tenía una terraza restaurante. Se hallaba, además, al lado de los ghats, con lo que su situación era impagable. Me lo quedé, por supuesto.

Antes de despedirnos, le dije a Takeshi que, de encontrarse solo y apetecerle hablar con alguien, yo estaría a eso de las seis de esa misma tarde en el Dasaswamedh Ghat, el ghat más popular de Benarés. Allí podríamos encontrarnos.

No apareció. A la hora indicada me presenté en el ghat. Esperé, tratando de atisbar su melena azabache entre la multitud, en vano. Los encuentros entre viajeros son breves y esquivos, cada cual recela de caminos ajenos y evita compartir los propios. Al final somos todos fugitivos de nosotros mismos.


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