encuentros eleusinos
Regatear como si nos fuese la vida en ello
By Javier Redondo Jordán On 28 ene, 2013 At 05:34 PM | Categorized As Datos útiles, Jhunjhunu, Rajastán, Sociedad | With 0 Comments

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Empecé a preocuparme, porque estaba anocheciendo y ni sabía dónde quedaba el hotel ni la forma de llegar. Mi móvil no encontraba cobertura, de modo que telefonear a Gurupal no era una opción.

No había rastro de rickshaws, ni coches ni nada parecido por las calles de los alrededores. Semejaba un pueblo del Salvaje Oeste. Pasear por un lugar sin automóviles es ver volver los tiempos del medievo. Los caminos sin asfaltar se extendían infinitos hasta donde la vista alcanzaba, desapareciendo allí donde la curvatura esférica del horizonte se fundía con el vacío del ocaso. No creo que aquel pueblo hubiera cambiado mucho en los últimos siglos, la vida parecía haberse detenido entre sus callejones, larvada entre las muescas de su piel.

Al doblar una esquina me di de bruces con un viejo auto-rickshaw. Di un salto de júbilo. Pero el vehículo estaba vacío. Miré en su interior. Parecía abandonado o, cuando menos, fuera de servicio. A esa hora de la tarde su conductor debía de haber concluido ya su jornada de trabajo.

Decidí esperar, merodeando en torno al rickshaw, como una hiena que espera la muerte de un león herido. A sabiendas de que la visión de un extranjero velando un tuk-tuk no era algo que ocurriera todos los días por aquellos pagos, aguardé a que volara la voz como la pólvora entre aquellas cuatro callejuelas.

Pronto apareció su conductor. Traía el gesto serio y me preguntó qué quería. Le di la tarjeta del hotel, en la que figuraban el nombre y su dirección. Como siempre, resultó inútil: o no sabía leer o no tenía ni idea de dónde quedaban aquellas señas. Le tendió la tarjeta a un curioso que se había aproximado a la escena, por si éste podía aportar algún dato. Era un hombre enjuto, entrado en años, vestido con dhoti (falda pantalón) y kurta blancos. Leyó las señas y habló en hindi con el rickshawalla, indicándole con el índice un lugar invisible en lontananza, más allá de lo que la vista abarcaba, a campo abierto. Cada vez mayor número de espontáneos se concentraba a nuestro alrededor y hablaba entre sí, confirmando al conductor las indicaciones del anciano.

El rickshawalla, finalmente, se volvió hacia mí y con gesto afirmativo me pidió cincuenta rupias.

Para entonces ya tenía uno el mecanismo de regateo automatizado, de manera que rebajé su oferta a treinta. Una sonora risotada gutural acompañada de severos espasmos torácicos fue el resultado que provocaron mis palabras en el conductor. Se le unieron las carcajadas de la parroquia allí congregada.

Torcí el hocico. Me sentía ridículo. Aquellos indios se burlaban de un pobre españolito perdido en mitad de ninguna parte que, aun en su situación desesperaba, embestía por instinto en lugar de someterse y aceptar la oferta del único vehículo en kilómetros a la redonda que podría llevarle a su preciado hotel occidental. Y la noche seguía oscureciendo los campos sin esperar a nadie.

Cuando el rickshawalla se recompuso, me espetó que su oferta era inamovible, que no bajaría de cincuenta rupias por trabajar fuera de horas. Mi hotel estaba muy lejos, a varios kilómetros, alegaba. Si no quería pagar las cincuenta rupias, mejor que me buscara otro rickshaw o me fuese andando. Ése es el camino, dijo, señalando una senda terrosa que se perdía en la raya del horizonte, y la comitiva volvió a carcajearse en mis narices.

Furioso, me di la vuelta y a grandes trancos encaminé mis pasos hacia el sendero de tierra que acababa de indicarme. ¿Adónde iba? ¿Estaba loco? ¿Acaso no me daba cuenta de que en menos de media hora se haría de noche y me vería tirado en medio del campo? Por si esto no fuese suficiente, echar un órdago a un conductor que ya no estaba de servicio por veinte rupias de diferencia era un suicidio. No se echan órdagos por tan poco dinero, y menos si tienes las de perder. Era absurdo. Veinte rupias suponían apenas treinta céntimos de euro.

Aún estaba a tiempo de detenerme, pero me alejaba de la última tabla de salvación a paso ligero, casi aéreo.


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